No soy fan de las procesiones pero soy fan vicario, por decirlo de alguna manera. Mi hijo es una enciclopedia sacra y disfruta viendo a los estantes sufrir portando escenas bíblicas de la pasión de Cristo. La otra noche, inusualmente fría para Murcia, asistimos, previo pago de ocho euros por silla, a una de esas procesiones, en las que en mi tierra dan caramelos, hay que decirlo.
Pongo siempre cara de pasión, la mía en este caso, y evito mirar a la cara directamente, al menos a la parte que se observa a través de las abertura de los ojos del capirote (capuz, dice mi hijo que se dice en murciano, aunque me ha dicho que lo busque), a los nazarenos. Y ahí la revelación.
Más allá de los amigos que precesionaban y que nos dieron caramelos, monas y habas de forma familiar, a título personal solo me dieron caramelos dos nazarenos o nazarenas, a saber. Una me dijo que era Natalia (por lo que deduje que era nazarena) del instituto Marqués de los Vélez, otro que era alumno (por lo que igualmente deduje que era nazareno) del IES Alquibla, centro donde trabajo ahora.
Nadie, en ningún momento, me dio caramelos por haber coincidido conmigo en la revista tal, o por haber leído un libro mío o por haber asistido a la presentación que hiciera de algún autor o por casi haber visto, de pasada o completo, uno de mis poemas en un estado de instagram o whatsapp o dios sabe en qué red social.
Así, que de esta manera la vida nos pone en nuestro sitio. El marcador: maestro 2, poeta 0.
