
Si esta fuera la primera clase, esa clase titubeante en la que los dos, tú y yo nos guardamos las distancias como dos boxeadores expertos, noqueados en infinidad de ocasiones por estar muy cerca, tú, Juan Carlos, Ana, Álvaro, David, Verónica, tú, Marina, Diego, María José, no te creerías lo que te voy a decir.
Porque las primeras veces nunca se olvidan, las primeras veces quedan grabadas para siempre, pero eso no quiere decir que sean las mejores, simplemente son las primeras veces. La primera vez que tú, Fany, que tú, Carmen, o que tú, Silvia, te dejas embaucar por un profesor que sabe mucho o que sabe muy poco, porque está nervioso, lo ves dudar, lo notas inseguro, tú, Adrián, lo ves inseguro, porque él también sabe que es la primera vez y que la primera vez, no siendo la más importante, nunca se olvida, porque tú, Jennifer, Andrea, Ana, Juan, eres único y que es por eso por lo que esta escena es la primera vez que se da, la de dos boxeadores que se toman la distancia o la de dos amantes que se miden con los ojos abiertos para no soñar más de lo justo. Y aunque no es la primera vez que entro a clase a principio de curso, y aunque no es la primera vez que pienso “estos son, estos son los que van a acabar con mi santa paciencia”, sí es la primera vez que estás tú, Juan Manuel, que estás tú, José Ángel, tú, Alejandro, que estás tú, Jesús.
Por eso he tenido que esperarme hasta la última clase, por eso, para que tú que ahora te vas a andar por la vida entiendas que lo que te voy a decir a ti, a ti también Lorena, es verdad, que ésta es tu verdad en la que yo participo, aunque sea un poco. Porque yo hoy sólo quiero darte las gracias de corazón, gracias porque tú, Mari Loli, tú, Helena, no eres la que me ha hecho perder la santa paciencia, porque entre tú y yo, entre nosotros, no ha habido golpes, ni medias distancias traicioneras, tan sólo la distancia justa, la que se puede franquear con este abrazo.