lunes, 28 de julio de 2008

Lectura de Louise Glück



Escritora norteamericana. Nació en la ciudad de Nueva York en 1943. De formación académica, ha ganado premios de prestigio como el Pulitzer por su poemario The Wild Iris (El iris Salvaje), el Nacional Book Cristics Circle Award, entre otros.Actualmente trabaja de docente en Massachussets y en la Universidad de Yale.

Ha publicado una decena de libros de poesía. En castellano contamos con dos traducciones:

-El iris salvaje, traducción de Eduardo Chirinos.

-Ararat, traducido por Abraham Gragera.

Los dos libros editados por la editorial valenciana Pre-textos.


Cuando leo, subrayo los títulos de los poemas que me han gustado especialmente, pero el lápiz también se desliza por los márgenes señalando versos sueltos que por diversos motivos me gustaría pensar que son memorables. Aquí unos ejemplos de mi lectura de este Ararat.


"Y algo cambió: al morir mi hermana

el corazón de mi madre se volvió

muy frío, muy rígido,

como un pequeño medallón de acero.


Me pareció entonces que el cuerpo de mi hermana

era un imán. Lo sentía atraer

el corazón de mi madre hacia la tierra,

para hacerlo crecer."


(De Amor perdido)

____________


"En realidad es lo mismo ayudar a una persona

a dormir que a morir. Las nanas dicen

no tengas miedo, parafraseando los latidos

Del corazón de la madre.

Así los vivos lentamente se serenan; sólo

los que van a morir son incapaces, se resisten".


(De Nana)

____________


"Y por eso no soy de fiar.

Porque una herida en el corazón

Es también una herida en la mente."


(De El hablante indigno de confianza).

_____________


"A mi modo de ver,

mi madre estuvo siempre oprimida

por mi padre, como si él

hubiera atado con plomo sus tobillos."


(De Nuevo mundo)

_____________


"Debería herirse

Solamente algo a lo que se le pudiera dar

el corazón entero."


(De Animales)


Podrás leer varios poemas de Louise Glück

cajadetormentas.blogspot.com.

martes, 15 de julio de 2008

Lectura en La puerta falsa



Hace muchos años, a finales de 1997, antes de editarse el libro El otoño encarnado de Ives de la Roca, un grupo de amigos asistimos a la cafetería La puerta falsa de Murcia para leer los poemas del autor hispano-francés que había excusado su ausencia por una enfermedad. Nadie sospechó lo que había detrás. Así empezó a vivir Ives de la Roca. Poco a poco tomó cuerpo como esas mentiras que a fuerza de repetirse se vuelven verdad.


Los cómplices: Ginés Sánchez, Raúl González, Fina Tafalla, yo y Javier Murcia.


La calle

Miro desde mi casa de Lubéron

El mercado, la gente gris

Con metáforas en la voz:

Jengibre, mirra, muérdago.

La alegría parece un juego fértil

Para este otoño de la edad.



Filemón y Baucis

Es lúdico que te ame,

Que en este piso la estrechez

Haga el roce.

Que yo no vea tu sepelio,

Que tú el mío tampoco,

Hemos convenido.

Es lúdico y amable

Que tú me ames,

Si acaso me amas.

Abres de par en par

Las puertas del balcón,

Y en esa claridad

Lees a Ovidio,

Das cobijo a los dioses.

Tal vez esté en su voluntad

Concedernos la vida que nos quede.

La saveur des cerises

À mon père, lecteur de ces vers.

TANT que nous grandissions
Gradissaient aussi
Les branches du cerisier,
Les fruits de ces branches
Et l’ombre sur ces primeurs.
Nous oublions nos vélos,
Nos billes, notre toupie
Avec sa ficelle de nylon
Pendant la douceur de ces jours-là.


Et nous grimpions
Sur ces branches,
Goûtant ces fruits,
Et sautant comme des funambules
Dont le sort pendait
Du fil des nuages.

_________


Les heures de la nuit
Devenaient longues en octobre,
Et l’hiver se présentait comme un long
Tunnel entre deux vallées,
Ou entre deux rues,
Ou entre deux années.


Les nuit de pleine lune
Du mois de janvier,
Les chats tristes
Rôdeaient auprès des cerisiers.
Des ombres obscures
Qui sautaient dans le rêve
À travers les stores de bois,
Où mes mains pressées
Ouvraient lentement le pas
À mes yeux ouvers comme des assiettes.


Et une fois vaincu par la fatigue,
Le visage nu
Sur le cristal gelé,
Ils virevoltaient dans la mémoire,
Comme une pelote,
En dessinant, avec de l’encre de Chine,
Des ombres de tigres noirs
Sur les murs.

_________



Le matin,
Une branche rougeâtre et raide
Tapait sur le rebord
Et moi, de très loin,
Mais comme qui regarde
Pour être vu, je la regardais
Avec les tresses d’une petite fille
Et son uniforme
D’école des filles.


Et bien que nous fûmes des amants
À douze ans
Et sans nous parler,
Jamais nous n’avons gravé nos noms
Dans un coeur
Sur l’écorce de cet arbre-là.
_________


La place s’illuminait
Dans les jours de mars,
Avec des fleurs tout petites
Que le vent de la mi-mars
Balayait dans les rues


Dans les jours de mars, je m’asseyais
Aurprès des cerisiers,
Et, les mains toutes propres, je les touchais
Et je me sentais étranger,
Comme si le vent entre ses feuilles
Chantait une chanson
Avec des choses qu’on gagne
Et des choses qu’on perd.

__________

Et je te rappelle,
Taillant de tes mains
Les branches jeunes,
Guidant leur ombre
Qui se confondrait
Au bout des années
Avec notre propre ombre.
Tes mains firmes et flexibles
Comme les mains du cerisier
Dans les matins
Bleus de septembre.




Traducción al francés de Diego Morales

























____________

El sabor de las cerezas

A mi padre, lector de estos versos.

MIENTRAS crecíamos / crecían con nosotros/las ramas del cerezo,/la fruta en esas ramas,/la sombra en estas frutas. // Dejábamos las bicicletas,/las canicas, la trompa/y su cordel de nailon/en la bondad de aquellos días.// Y nos subíamos/ por estas ramas,/ probando aquella fruta,/ y saltando como funámbulos/ cuya suerte pendiese/ del hilo de las nubes.

Las horas de la noche/ se hacían largas en octubre,/ y el invierno se presentaba como un largo/ túnel entre dos valles, / o entre dos calles,/ o entre dos años. // En las noches de luna llena/ del mes de enero,/ los gatos tristes / merodeaban los cerezos. / Sombras oscuras / que saltaban al sueño/ por las persianas de madera, / donde mis manos azoradas / abrían paso lentamente/ a mis ojos abiertos como platos.// Y una vez que caía de cansancio,/ con la cara desnuda/ sobre el cristal helado, / daban vueltas a la memoria,/ como a un ovillo,/ dibujando con tinta china/ sombras de tigres negros/ en las paredes.

Por las mañanas/ una rama rojiza y tensa/ golpeaba el alféizar, / y yo desde muy lejos,/ pero como quien mira/ para ser visto, la miraba / con sus trenzas de niña / y su uniforme / del colegio de paga.// Y aunque fuimos amantes/ a los doce años/ y sin hablarnos,/ jamás grabamos nuestros nombres/ dentro de un corazón/ en la corteza de aquel árbol.

La plaza siempre se iluminaba/ en los días de marzo,/ con una flores párvulas/ que el viento de mediados de ese mes/ barría por las calles.// En los días de marzo me sentaba/ cerca de los cerezos,/ y con las manos limpias los tocaba,/ y me sentía extraño,/ como si el viento entre sus hojas/ cantase una canción/ con cosas que se ganan/ y cosas que se pierden.

Y te recuerdo/ Podando con tus manos/ las ramas jóvenes,/ guiando su sombra/ que se confundiría/ al cabo de los años/ con nuestra propia sombra./ tus manos firmes y flexibles /como las manos del cerezo /en las mañanas / azules de septiembre. (Allí donde no estuve. Rialp. 2004)

domingo, 6 de julio de 2008

Presentación de "Diario de las bestias blancas" de Diego Sánchez Aguilar

24/06/2008

Hemiciclo de la Facultad de Letras

(Universidad de Murcia)



En 1901 nace en Suiza Alberto Giacometti. Este pintor y escultor se forma en París con los primeros movimientos de vanguardias, pero a partir de los años cuarenta da un giro a su carrera y emprende un camino absolutamente al margen. El mundo ha conocido la Segunda Guerra Mundial, los campos de concentración, la bestia sin colores de la muerte.

En Montparnasse, a medio camino entre la cueva troglodita y el estudio de un artista, empieza a crear un universo personal poblado por pequeñas figuras casi invisibles -de hecho cuando viajaba a Zurich, las llevaba en los bolsillos de su chaqueta-. Las construye primero en arcilla o escayola, pero antes de fundirlas en bronce las figuras van perdiendo consistencia física, prácticamente se quedan en hilos verticales que se sostienen por la costumbre más que por las leyes físicas. Giacometti quita y quita hasta dejarlas en la mínima expresión. Son casi ilusiones ópticas que pueden desaparecer en cualquier momento.

Estas figuras, que aparecen en unos pocas situaciones que se repiten, como la de un hombre andando o la de pequeños grupos de seres extrañamente aislados, son humanas, filiformes, desnudas a veces y extremadamente delgadas, figuras como escapadas de Dachau, según señaló la crítica en su momento. Estos hombres son frágiles pero enormemente expresivos, están en actitudes cotidianas, como el Hombre cruzando la calle de 1960, muestran el sentido débil de la existencia humana, bajo la amenaza de destrucción por el parte del espacio que lo rodea.

En 1974, un año después del memorable 1973, nace en Cartagena Diego Sánchez Aguilar. Pasa , por lo que sabemos y por algunas fotos vistas en casa de sus padres, una adolescencia marcada por el rock, veranea en Los Urrutias, luego en Cabo de Palos, donde ahora vive, y viste camisas a cuadros y lleva tupé. No sé por qué, pero la experiencia como docente te muestra que los jóvenes rebeldes, los que no encuentran el espacio en la cotidianidad para sus inquietudes, se refugian en la música, en las camisetas negras, en los pelos largos. En Diego ya está despierta la curiosidad, su manera de aprender casi enciclopédica. Después no abandona sus gustos musicales, sino que los asume dentro de una realidad cultural más amplia. Y llega la Universidad, y Diego se alarga como las figuras de Giacometti, -pero no es ésta la analogía que quiero mostrar-. Quizás de entonces viene mi primer recuerdo de Diego, entrando a clase, espigado, con su chaqueta negra de cuero, un hombre adelgazado, como salido de un cuadro de El Greco. Más tarde supimos que hacía el servicio militar, uno de los últimos. Y a partir de ahí llegó la amistad, poco a poco, como las cosas que merecen la pena. La amistad de Diego es extraña, porque es silenciosa. Recuerdo cuando ese verano me visitó en Los Urrutias, llegaba en su coche vestido con un bañador sobrio, siempre colores oscuros y la camiseta de invariable estilo ferrys con bolsillo para el tabaco de liar (sólo el tiempo y María Luisa han conseguido meter el color en la estética diaria de este hombre), iba descalzo, tal vez por la imposibilidad de encontrar unas zapatillas de su medida. Recuerden que José Daniel Espejo en su blog Famosos en acción define a Diego como el poeta con los pies más grandes de España. Nos sentamos en una terraza y la mayor parte del tiempo estuvimos en silencio, pero a gusto, en una placentera armonía que fluye del corazón. Los que lo conocen saben que donde está Diego no hay conflicto, que donde dijo es capaz de decir digo y que si hay alguien que pueda exprimir el meollo de una noche de verano de absoluta normalidad ese es Diego.


Presentar un libro cada vez se me hace algo más extraño. Los libros como la amistad están por encima de los prejuicios, como cuando nos conocimos Diego y María Luisa y Anabel y José Óscar. Los libros están algo más allá, son algo que sólo se puede conocer viviéndolo.

En su libro, como en su vida, una de las cosas que me llama la atención de Diego es que, a diferencia de otros escritores, su poesía parece evocar una concepción no exclusivamente literaria del mundo. Añadía José Daniel Espejo en la breve reseña que antecede a la entrevista que le dedica que Diego ha escuchado más música y ha visto más cine que nadie, y que la probabilidad de equivocarse en esta afirmación es de un 0,1 por ciento. El arte, la cultura aparece por todos lados. Y toda la cultura y todo el arte. En este libro, su primer libro después de la plaquet, Desde el vientre de la ballena, y de los poemas de Lindero de tinieblas, publicados en el Murcia Joven de 2002, encontramos la cultura filtrada a través de la televisión, del cine, de la música.

Pero lo que más me llama la atención es el lugar desde donde se escribe este diario. Cuando Diego ha hablado de este libro en otros momentos, como la presentación del número cinco de la Revista Hache, o en la carpa de cool-tura presentando el número veinte de El coloquio de los perros, mostraba el autoengaño de los hombres al dividir el tiempo en fracciones aprehensibles, una manera de olvidar lo que hay debajo, el vacío. Y eso es quizás lo más inquietante de este libro, la verticalidad, como en la poesía de Juarroz, sobre el que versa su tesis, el vacío, el hombre de Giacometti que viaja el lunes por la mañana en su coche camino del trabajo, que transmite una incómoda sensación de soledad, una inquietud filiforme, como un hilo a punto de quebrarse entre la esperanza fingida y el vacío, en caída, como Altazor.

Es ese hombre de Giacometti, adelgazado, rodeado de una soledad terrible quien esboza los poemas, alguien anónimo que camina o que señala o que simplemente pasa. Ese hombre para el que posaba en infinidad de ocasiones otro Diego, Diego Giacometti, su hermano, y que ahora aparece en este diario, pero tomado de la realidad, porque el mundo parece habitado por estos hombres frágiles y hastiados, casi ilusiones ópticas a punto de desaparecer.

Giacometti despertó el interés de Sastre y de Genet, sobre todo, el hombre petrificado, no ya por la escultura sino por la sociedad. Giacometti coincide con Diego en hacer objeto de su obra a ese hombre extraño, sensible pero aislado, frágil, inerme. El hombre que camina, el hombre que señala, el hombre rodeado por el absurdo.

Lo que veo me preocupa, dijo Giacometti. No sé si Diego coincide con esta afirmación en su libro. Hay como en El Quijote, como en las figuras del suizo, una distancia irónica respecto a sus personajes.

Por mi parte para terminar podría decir que lo que veo me enseña, que lo que veo me gusta. Lo que veo me emociona. Y lo que veo es el Diario de las bestias blancas de Diego Sánchez.

Diego dedicando libros a un público entregado.

sábado, 17 de mayo de 2008

Le rêve de la lumière


IL AVANÇA dans la maison qui dormait.

Derrière les fenêtres, des poissons de lumière

Sautaient dans le fleuve lumineux.

La nuit n’était que le mouvement

Des joncs vaincus par les eaux,

La lumière était aussi pure que le rêve.

Au bout du couloir, dans la cuisine,

Des constellations de lucioles tombaient

Dans les assiettes du dîner,

La lumière se détachait sur la nappe

Comme un fruit vert qu’on porte aux lèvres.

Pendant le petit déjeuner, il ouvrit toute ouverte

La lumière de la fenêtre et il pressentit,

Les yeux fermés comme un enfant,

Qu’il faisait déjà partie de la clarté.


Traducción al francés de Diego Morales

__________

El sueño de la luz

AVANZÓ por la casa que dormía./ Peces de luz, detrás de las ventanas,/saltaban por el río luminoso./La noche no era más que el movimiento/de los juncos vencidos por las aguas,/la luz era tan pura como el sueño.//Al final del pasillo, en la cocina,/constelaciones de luciérnagas caían/sobre los platos de la cena,/la luz se desgajaba en el mantel/como una fruta verde que llevar a los labios.//Durante el desayuno abrió de par en par/la luz de la ventana y presintió,/con los ojos cerrados como un niño,/que ya formaba parte de aquella claridad. (Allí donde no estuve. Rialp. 2004)

Poissons Rouges


C’EST une matinée transparente. Elle coule

Dans l’odeur des étés.

Elle frôle ma peau. Elle est humide

Et elle accepte celui qui la touche sans poser des questions,

Comme un poisson rouge

Qui glisse entre les mains,

Qui tombe et qui barbote,

Et qui ouvre ses branchies pour que la mer y entre,

ET c’est la mer

Avec un amour inconnu.



Traducción al francés de Diego Morales



Foto de Lucien Clergue
_________

Peces de colores

ES transparente la mañana. Fluye/ con el olor de los veranos. / Roza mi piel. Es húmeda /y acepta a quien la toca sin preguntas,/como a un pez de colores/que se resbala entre las manos,/ que cae y chapotea,/y abre sus branquias para que entre el mar, /y es mar/con un amor desconocido. (Allí donde no estuve. Rialp. 2004)



lunes, 5 de mayo de 2008

Necrológica


Publicado en Integrales y Derivadas,
Editorial Bolboletras/Aladeriva. 2006.



Ya no recuerdo si la frase es así exactamente o si la multitud de ocasiones en que la he usado e incluso en que la he oído usar deformó las palabras, quién sabe si a mi favor o tal vez en mi contra. Decía Píndaro -y esta es la frase- que sólo el elogio justo es el que honra. La proporción, la mesura, es quien nos dice esto hizo y esto fue, así debemos recordarlo, ni más ni menos, y es exactamente en este punto donde confluyen el más y el menos, nuestro más y nuestro menos.

Traer al hilo anécdotas de su vida, hechos curiosos, incluso que rocen la inverosimilitud y que nos muestren a un Roberto Campbell ingenioso, a mitad de camino ―una vez más la mitad, el punto medio― entre el genio y la ingenuidad, entre el hombre sabio y el hombre inocente, entre el que ve de una forma certera el meollo de las cosas, como iluminado por una luz que sólo a él se revela de forma prodigiosa y el que inmediatamente después ofrece su cara más tierna, la del que no entiende lo que le hiere, lo que le constriñe, lo que le hace daño, como un ser desprovisto de maldad y de instrumentos de lucha contra esa maldad del mundo, que por otro lado no entiende. Traer al hilo del relato anécdotas de su vida es fácil, incluso sería entretenido, nos daría una visión poliédrica de lo que hizo, de lo que fue, imágenes sueltas que hilvana el único hilo de su protagonista, el hombre, el escritor, el lobo solitario que se guarecía de las inclemencias del mundo detrás de sus gafas oscuras y de su triste aliño indumentario, como dijo el poeta. ¿Pero recordar la anécdota definitiva?, me pregunto, ya no es tan fácil. A veces es parte del azar que alguien, algún amigo que ha ido a visitar al finado, cuando aún no lo era, cuando aún estaba entre nosotros y hacía cosas como nosotros, lejos de la leyenda, de la desmesura que el tiempo, como narrador, hace con los argumentos que relatan episodios de la vida del fallecido, estirando, ensanchando, deformándolos, se encuentre de bruces ante la anécdota definitiva, la que lo dice todo en su concreción, en su término medio, aquella que resume perfectamente su talante, al homenajeado, haciendo lo que hacía, siendo lo que era, recordado tal y como habremos de imaginárnoslo después.

Es cierto que entramos juntos al café, ésta es la anécdota, éste es Roberto Campbell, así lo recuerdo. Llevaba los pantalones vaqueros raídos, la chaqueta de pana con la que fue retratado en multitud de ocasiones, la del parque del Buen Retiro, donde aparece entre varios compañeros del exilio: Porfirio Rodríguez, José Marcos Barrena, Lorenzo Jurado, Catalina Peneda, Asunción Mengual. Todos jóvenes, componiendo el retablo de las maravillas, el retablo que sólo ellos ven, aún sin obra sólida, relatos corregidos sobre las propias páginas donde han sido publicados por primera vez, Hélice, La Isa desnuda, ediciones del ayuntamiento de Tabernas..., palabras desproporcionadas, en consonancia con su juventud, con el exceso que poco a poco irán sujetando, metiendo en vereda. Algunos lo conseguirán, otros, como es el caso de Lorenzo Jurado, terminarán malviviendo de dar el palo a los amigos y de frecuentar la prensa de provincias despotricando de ellos, relatando los hechos ignominiosos, los que en el fondo no olvida nadie, los que deforman, los que hacen daño, haciéndose así una reputación de hombre insobornable que aparece aquí y allá, en el jurado de un premio, detrás de los presentes, dispuesto para la foto con algún escritor de renombre, retirándole la silla, flanqueándole el paso, riéndole socarronamente las gracias. Ya venía con la montura de las gafas caída sobre el apéndice nasal, frenada en su movimiento vertiginoso por ese abultamiento que conformaba su expresión, algo así como John Wayne o el malogrado Karl Malden, el sheriff redimido de El rostro impenetrable, pero aún con cuentas pendientes de amistad o de fechorías.

He dicho que entramos juntos al café. Para mí nunca lo ha sido, pero sé de gente para la que es fácil pensar en los cafés, fácil olvidarse del mundo que los rodea, no ser nada más que un individuo que está sentado, que se refugia tras un libro, frente a un cuaderno de hojas tachonadas de garabatos, que ascienden y descienden, que aprovecha los bordes para dar existencia a una idea de última hora, una adenda, un comentario. Y Roberto era uno de ellos, si debemos de creer lo que nos cuentan los periódicos. De hecho en el reportaje que canal + había preparado en sus últimos días y que sólo emitió tras su muerte –nadie, me gusta pensar, sabía qué poco tiempo le quedaba entre nosotros– aparece en un café, un café cualquiera, un café anónimo. A diferencia de otros escritores que se relacionan con un local determinado, que lo convierten en su oficina, en su lugar de tertulia, Roberto no era habitual de ninguno, y tal vez por ese capricho de vagabundear hasta encontrar un lugar propicio, el lugar que en ese momento era el lugar idóneo, el que se acomodaba a su ánimo cambiante, nos vimos. Hacía tiempo que no coincidíamos, creo que desde la Feria del Libro de hacía dos años. Entramos en silencio. Era un hombre de silencios grandes, valorativos la mitad de las ocasiones, otras veces simplemente inexpresivos, silencios de ausente o de aburrido. Llevaba varios libros que dejó sobre la mesa mientras agitaba el café con un movimiento nervioso. La versión francesa del Libro checo de los sueños de Ludvik Vaculik, un libro de César Aira, la recentísima traducción de Paludes de André Guide, creo recordar. Cuando me levanté para ir a la barra a pedirle al camarero mi café con leche, que había olvidado, aprovechó y sacó su cuaderno. Utilizaba cuadernos escolares, y los maltrataba, las tapas arrugadas, el alambre con una contorsión endemoniada. El extremo del bolígrafo bic con el que empezó a apuntar las primeras palabras estaba mordisqueado. Escribió algo –no atiné a ver, no supe preguntar–, algo que podría ser el primer verso, el verso que se lanza como un aparejo de pesca al insondable mar de la inspiración, o tal vez un adjetivo, la palabra justa para definir a un personaje, tal vez el sheriff bueno, el sheriff reformado, el que ha vuelto al buen camino pero que tiene cuentas sin saldar con el pasado, y que aparecerá definitivamente en la página ciento doce de su última colección de cuentos, la editada póstumamente, caracterizado como un hombre bueno, un hombre honorable y despiadado. Y se queda con esas palabras ahora en su cuaderno. Ha tachado dos o tres con anterioridad.

Apenas me había dado tiempo a sentarme. Sin mediar palabra se levantó. Lo vi avanzar tranquilamente hasta la barra. Algo había cambiado en el local, la luz, tal vez un grupo de jóvenes ruidosos que había aparecido de la nada o que había estado allí desde el principio y que había pasado desapercibido hasta que alguno de ellos, posiblemente el bajo con acné, tuvo una ocurrencia y todos se rieron. A lo mejor fue algo más sencillo, a lo mejor fue sólo el tiempo el que cambió, el que había pasado igualmente de soslayo, escamoteando a la realidad, hasta que miró, miramos, el reloj de pulsera o el reloj que marcaba el paso de los segundos, uno a uno, entre las botellas de las estanterías del bar, y se hizo presente, sin aviso. Algo sucedió porque la realidad había cambiado y sólo él sabría decirlo después, en su estudio, frente al ordenador, donde iría tecleando una a una las letras, conformando palabras y luego frases de un texto nuevo, un texto que antes no había existido tal cual, al menos así como él lo estaba pensado y lo había formalizado.

Sacó del bolsillo unas monedas, pagó su café, luego se marchó. Me gusta pensar que la última mirada, la que echó a la mesa donde había estado sentado, la que estaba junto a la mía –el respaldo de la silla donde estuvo tocando la silla donde aún yo estaba –, no buscaba algún objeto olvidado, la libreta, que palpó en el bolsillo de su chaqueta antes de seguir el paso, sino que era para mí, que ese gesto último, con el que se subió la montura de las gafas una vez más era su manera de despedirse, de decirme adiós, ni más ni menos, de corresponder mi paciencia aquella tarde, y la tarde en la Feria del Libro, en una cola interminable con su última obra bajo el brazo para que me la firmase. Fue el mismo gesto de aquella tarde, el mismo gesto con la mano izquierda mientras con la derecha me entregaba el libro dedicado, el mismo gesto que entonces esbozó mirándome, mirando a aquel amigo que había compartido un tiempo valiosísimo de aquella tarde primaveral, aquel amigo con el que ahora quedaba en paz, con las cuentas saldadas, después de dos años, después de dos años esperando la oportunidad de volver a verlo, de que me correspondiera por mi infinita paciencia en aquella cola frente al stand de la editorial. Fue entonces cuando me acordé de aquella película, El rostro impenetrable, y de Karl Malden con la estrella de sheriff en la solapa de su chaqueta, de Karl Malden vivo, de Karl Malden saldando sus deudas. Y fue entonces también cuando decidí escribir este texto, este texto donde todos mienten, donde todos envidiamos lo que no tuvimos, lo que no hemos tenido, como Marlon Brando en esa película, como Marlon Brando convenciendo a la joven Katy Jurado de que es un hombre bueno, de que la querrá después, después de todo. Entonces lo vi claro, ésta era la anécdota definitiva, la anécdota después de todo, la que no dice más de lo que pasó y tampoco menos, la anécdota donde todos mentimos un poco, pero sólo lo justo, lo justo para que sea verdad, aunque esa verdad se olvide pronto, como todas las promesas, para que esa verdad sea mesurada y nos conforte, sea el lugar del elogio, a miedo camino entre la realidad y la ficción.