miércoles, 30 de noviembre de 2011
lunes, 31 de octubre de 2011
Un cuento improvisado

No serás capaz, le dijo, de escribir un cuento de terror. Estoy segura. Pero en su ojos ya estaba tomada la determinación de hacerlo. Sabía con qué contar. Un poco de sangre, las dosis justas de suspense y un final de infarto.
Era de noche. Se había hecho tarde. Se había quedado solo. Laura dormía desde hacía un rato Enchufó el ordenador y empezó a escribir. Puso música en el cd, algo de música clásica. El equipo estaba en la otra habitación, así que la música llegaba desde lejos, como una presencia lejana que lo abrazaba o lo azoraba, quién sabe, a esas horas. Hizo un inventario de terrores: no mirar debajo de la cama; no mirar detrás de las puertas; alguien que nos sorprende por detrás; los bichos que salen de la taza del váter.
Pero no encontraba el tono, no encontraba la tensión. Encendió un cigarrillo, que empezó a arder. Esto sí que mata, dijo y se echó a reír. Sonaba la música. Notaba la tensión creativa. El humo empezó a envolver la habitación. Pero no escribía.
De pronto, terminó el cd. Estaba cansado, se desperezó y levantó la mirada de la pantalla. Acarició a su perro que estaba junto a la silla. Fue hasta la otra habitación. El pasillo estaba a oscuras, las puertas cerradas. Crujió la madera del escritorio. Una puerta chirrió con la brisa de la noche, y cuando adentró la mano en la oscuridad del salón para encender la luz, notó algo, cómo decirlo, notó que al pulsar el interruptor se encendía la luz. Lo que, por otro lado, era normal.
Puso ese cd de Lou Reed que tanto le gustaba y volvió al cuarto. Se sentó de forma mecánica frente al ordenador y empezó de nuevo. No serás capaz le había dicho Laura, no serás capaz, y él estaba dispuesto a hacerlo. Empezó de nuevo, a ver, dijo, era una noche oscura, ella salió de su casa, avanzaba por la calle que se iluminaba a tramos, Laura, pensó, Laura se entretuvo en recoger a aquel perrito abandonado en el contenedor. Un coche se acercaba, luego se alejó.
La cosa había empezado bien esta vez. Mientras leía satisfecho los párrafos que acababa de escribir acariciaba la cabeza dócil de su perro. Tal vez pensó, el perro del relato, el perro que encuentra Laura, el perro grande y bonachón. El perro dentro y fuera del cuento. Siguió mesando sus cabellos, pero notó algo extraño, algo húmedo, la cabeza estaba fría, quieta en exceso, no respondía como otras veces a la caricia con un movimiento leve. Nada.
Miró a su lado, justo donde solía adormilarse el perro. Primero vio su mano ensangrentada, luego la cabeza. La cabeza de Laura. Y no le dio tiempo. Detrás escuchó un gruñido horrible y dejó de escribir.
Era de noche. Se había hecho tarde. Se había quedado solo. Laura dormía desde hacía un rato Enchufó el ordenador y empezó a escribir. Puso música en el cd, algo de música clásica. El equipo estaba en la otra habitación, así que la música llegaba desde lejos, como una presencia lejana que lo abrazaba o lo azoraba, quién sabe, a esas horas. Hizo un inventario de terrores: no mirar debajo de la cama; no mirar detrás de las puertas; alguien que nos sorprende por detrás; los bichos que salen de la taza del váter.
Pero no encontraba el tono, no encontraba la tensión. Encendió un cigarrillo, que empezó a arder. Esto sí que mata, dijo y se echó a reír. Sonaba la música. Notaba la tensión creativa. El humo empezó a envolver la habitación. Pero no escribía.
De pronto, terminó el cd. Estaba cansado, se desperezó y levantó la mirada de la pantalla. Acarició a su perro que estaba junto a la silla. Fue hasta la otra habitación. El pasillo estaba a oscuras, las puertas cerradas. Crujió la madera del escritorio. Una puerta chirrió con la brisa de la noche, y cuando adentró la mano en la oscuridad del salón para encender la luz, notó algo, cómo decirlo, notó que al pulsar el interruptor se encendía la luz. Lo que, por otro lado, era normal.
Puso ese cd de Lou Reed que tanto le gustaba y volvió al cuarto. Se sentó de forma mecánica frente al ordenador y empezó de nuevo. No serás capaz le había dicho Laura, no serás capaz, y él estaba dispuesto a hacerlo. Empezó de nuevo, a ver, dijo, era una noche oscura, ella salió de su casa, avanzaba por la calle que se iluminaba a tramos, Laura, pensó, Laura se entretuvo en recoger a aquel perrito abandonado en el contenedor. Un coche se acercaba, luego se alejó.
La cosa había empezado bien esta vez. Mientras leía satisfecho los párrafos que acababa de escribir acariciaba la cabeza dócil de su perro. Tal vez pensó, el perro del relato, el perro que encuentra Laura, el perro grande y bonachón. El perro dentro y fuera del cuento. Siguió mesando sus cabellos, pero notó algo extraño, algo húmedo, la cabeza estaba fría, quieta en exceso, no respondía como otras veces a la caricia con un movimiento leve. Nada.
Miró a su lado, justo donde solía adormilarse el perro. Primero vio su mano ensangrentada, luego la cabeza. La cabeza de Laura. Y no le dio tiempo. Detrás escuchó un gruñido horrible y dejó de escribir.
miércoles, 26 de octubre de 2011
H. de José Daniel Espejo y Chema G. Arake
En Albacete, en el Festival Fractal, hubo más que poesía o poesía y algo más o poesía en ese algo más. Un ejemplo es este corto de Chema G. Arake sobre un poema de mi amigo José Daniel Espejo.
H. from Chema G. Arake on Vimeo.
jueves, 20 de octubre de 2011
Pequeña elegía
Buscando entre los libros y revistas de mi biblioteca me encontré, también tengo que decir que por azar, los viejos volúmenes de la revista Casa subterránea. Estuve hojeándolos. Daba saltos de acá por allá, saltos que de alguna manera también lo eran en el tiempo. Hace unos doce o trece años de aquella revista que José Óscar, Diego y yo empezamos a confeccionar para salir un poco del aburrimiento de las oposiciones.
De entonces encontré este poema que luego no apareció en ningún otro sitio. Aún aceptando que cambiaría algunas cosas, entre ellas ese tono tan elegíaco que gastaba entonces y con el que tanto disfrutaba, creo que merece la pena desempolvarlo. Por lo menos para mí.
De entonces encontré este poema que luego no apareció en ningún otro sitio. Aún aceptando que cambiaría algunas cosas, entre ellas ese tono tan elegíaco que gastaba entonces y con el que tanto disfrutaba, creo que merece la pena desempolvarlo. Por lo menos para mí.

Como llega el invierno a veces llega el tiempo
breve de la mudanza. Van pasando las fechas
y sientes en tu cara un frío de estaciones
que cae con las hojas del anuario. A veces
cuando era inevitable, con la voz impostada,
hablabas de pasiones pequeñas como perros
amaestrados, solías acariciar sus lomos
con el cariño afable con que un amo responde
a la fiel obediencia. Pero hoy te invade el tiempo
al pensar en las cosas pequeñas que te hicieron
más fácil la rutina, que ocupan nuestros días
con sus formas sutiles, tal vez trivializadas
por el uso constante y la mudanza que ha ido
creciendo con tu vida. Y hoy es un día de esos
con la ventana abierta de par en par al viento
del norte, al viento gélido que anuncia la derrota.
Pronto vendrá quien dé nuevas alas al viento
del sur, al viento cálido que anuncia la victoria.
Para ese tiempo breve de la frontera escribo,
por ti, mi viejo Ford del año ochenta y tres.
martes, 18 de octubre de 2011
Revistas

Mientras recoge la prensa deportiva lo ve. Siempre ha codiciado al recoger la prensa deportiva ojear, quién sabe si comprar, estas otras publicaciones, diferentes, menos masculinas, más de andar por casa, pero, también es verdad, nunca ha encontrado la oportunidad de hacerlo, de permitirse la debilidad de hacerlo. Black power, enfundado en una bolsa de plástico transparente junto a una revista de sexología está allí. España jugó bien anoche, pero black power en este instante es, como decirlo, más noticia. Porque black power es largo, es negro, es de látex y se vende por 5,95 junto con la revista. Cuando el quiosquero se queda mirándolo, con la mano extendida con las vueltas, él no sabe qué hacer, tiene miedo de decir black power, tenga usted, en vez de desearle los buenos días, muchas black power, piensa, mientras el muchacho, ya en otros asuntos, le contesta con un de nada, que más bien es un exabrupto indefinido.
No sabe qué va a pasar a partir de ahora. Anda rápido. Ha envuelto a black power con la revista. Ha tirado la bolsa de plástico transparente, ha tirado el cartón. No atiende a nada. En el primer paso de peatones a punto está de ser atropellado. Repite cada uno de los tópicos de un perseguido, salvo que en este caso, y nadie se percata, no hay perseguidor.
Cuando llega a casa comprueba que la cama está aún sin hacer, que su esposa aún no ha vuelto. Siente un escalofrío. Le pone unas pilas que encuentra en el cajón de la cocina, pero, como no van, usa las del mando de la tele. Tira la revista, se desnuda y se mete en la cama. Está excitado. Es esto justo lo que su vida necesita, algo excitante en la vida de los dos, imprevisto, consolador. Y lo coloca debajo de su cabecera. Escondido. Es su regalo. Con el primer cuarto de hora se impacienta. No sabe qué pasa, el porqué de su ausencia tan largamente prolongada. Es extraño. Pero cuando cae sobre su excitación, como una losa, la primera hora, empieza a comprenderlo. Empieza a comprender que las palabras de ella no eran en vano, que tal vez no vuelva, que el ruido de la maleta por el pasillo no era un farol.
Para el medio día ya se ha dormido. Cuando se despierta no puede evitar pensar en que todo es una mierda. Piensa que nada vale nada, que está sólo. Entonces estira el brazo y toca a black power. Black power es negro, es grande y está allí. Y entonces sonríe.
No sabe qué va a pasar a partir de ahora. Anda rápido. Ha envuelto a black power con la revista. Ha tirado la bolsa de plástico transparente, ha tirado el cartón. No atiende a nada. En el primer paso de peatones a punto está de ser atropellado. Repite cada uno de los tópicos de un perseguido, salvo que en este caso, y nadie se percata, no hay perseguidor.
Cuando llega a casa comprueba que la cama está aún sin hacer, que su esposa aún no ha vuelto. Siente un escalofrío. Le pone unas pilas que encuentra en el cajón de la cocina, pero, como no van, usa las del mando de la tele. Tira la revista, se desnuda y se mete en la cama. Está excitado. Es esto justo lo que su vida necesita, algo excitante en la vida de los dos, imprevisto, consolador. Y lo coloca debajo de su cabecera. Escondido. Es su regalo. Con el primer cuarto de hora se impacienta. No sabe qué pasa, el porqué de su ausencia tan largamente prolongada. Es extraño. Pero cuando cae sobre su excitación, como una losa, la primera hora, empieza a comprenderlo. Empieza a comprender que las palabras de ella no eran en vano, que tal vez no vuelva, que el ruido de la maleta por el pasillo no era un farol.
Para el medio día ya se ha dormido. Cuando se despierta no puede evitar pensar en que todo es una mierda. Piensa que nada vale nada, que está sólo. Entonces estira el brazo y toca a black power. Black power es negro, es grande y está allí. Y entonces sonríe.
viernes, 14 de octubre de 2011
Estado de dignidad 7: vivir con la culpa diferida
María Valverde no tiene nada que ver con esto. O sí. No sé si se identificará con esta entrada. Es también un poco para compensar la foto de la entrada anterior. O no.A María la han llamado del banco. No tiene usted ni una puñetera tarjeta de crédito, ni un préstamo, ni un plan de pensiones. Hace tanto tiempo que no la llama un hombre, que ahora la ha llamado una cajera, para no enmendar su fatalidad. No nos deja usted otro remedio, le han dicho, así no hay quién viva, le vamos a romper las piernas, ándese –y ha marcado esta palabra- con cuidado. Nos tiene muy descomisionados.
A María no dejan de instigarla. El otro día encontró por ejemplo una papeleta en su buzón. Al desplegarla comprobó que no le pedía el voto, como pensaba en un principio, al contrario, la culpaba de votar, de votar a una opción minoritaria, sea usted bipartidista, señora, decía, o hágase catalana o vasca o de coalición canaria. Luego se atenga a las consecuencias, ha leído en un último párrafo escueto. Manifiéstese todo lo que quiera, pero vote, vote A/B.
A María la ha llamado un inspector desde el colegio de unos hijos que no tiene. De añadidura le han reprochado que no participe activamente en el incremento de la natalidad, pero en realidad increparla por la mierda de educación que estaban recibiendo los hijos de España por su culpa, que se dejara de mierdas, otra vez, y que echara más gasolina, fumara a espuertas, que hiciera gasto energéticos, coño, deje las luces encendidas toda la noche, que pague los impuestos que para eso están, para ser de una puta vez solidarios con la educación de un país. Que luego no viniera a llorar por lo mal preparados que estaban nuestros jóvenes, le dice el inspector, que para más inri es otra mujer, por la mierda de ocio a las que los estábamos abocando, por el vacío existencial de los sábados por la noche.
A María la han llamado también de Hacienda, que somos todos, o eso decía el eslogan de la campaña que promovía la delación hace unos años y que hoy en día habría llevado a la cárcel a más de un consistorio, por ejemplo, que no paga las seguridad social de sus trabajadores, ni la luz ni el agua. María ha escuchado atentamente lo que le decían. Ha asentido en varias ocasiones y al final ha colgado con amabilidad.
Después se ha ido a la cocina, ha cogido una bolsa de basura, de esas que no recicla ni dios, y ha echado dentro todas las culpas que no estaba dispuesta a asumir porque no tenían que ver con ella. Luego se ha sentado tras comprobar que aún faltaba un cuarto de hora para las ocho, la hora de ir a tirar la basura.
A María no dejan de instigarla. El otro día encontró por ejemplo una papeleta en su buzón. Al desplegarla comprobó que no le pedía el voto, como pensaba en un principio, al contrario, la culpaba de votar, de votar a una opción minoritaria, sea usted bipartidista, señora, decía, o hágase catalana o vasca o de coalición canaria. Luego se atenga a las consecuencias, ha leído en un último párrafo escueto. Manifiéstese todo lo que quiera, pero vote, vote A/B.
A María la ha llamado un inspector desde el colegio de unos hijos que no tiene. De añadidura le han reprochado que no participe activamente en el incremento de la natalidad, pero en realidad increparla por la mierda de educación que estaban recibiendo los hijos de España por su culpa, que se dejara de mierdas, otra vez, y que echara más gasolina, fumara a espuertas, que hiciera gasto energéticos, coño, deje las luces encendidas toda la noche, que pague los impuestos que para eso están, para ser de una puta vez solidarios con la educación de un país. Que luego no viniera a llorar por lo mal preparados que estaban nuestros jóvenes, le dice el inspector, que para más inri es otra mujer, por la mierda de ocio a las que los estábamos abocando, por el vacío existencial de los sábados por la noche.
A María la han llamado también de Hacienda, que somos todos, o eso decía el eslogan de la campaña que promovía la delación hace unos años y que hoy en día habría llevado a la cárcel a más de un consistorio, por ejemplo, que no paga las seguridad social de sus trabajadores, ni la luz ni el agua. María ha escuchado atentamente lo que le decían. Ha asentido en varias ocasiones y al final ha colgado con amabilidad.
Después se ha ido a la cocina, ha cogido una bolsa de basura, de esas que no recicla ni dios, y ha echado dentro todas las culpas que no estaba dispuesta a asumir porque no tenían que ver con ella. Luego se ha sentado tras comprobar que aún faltaba un cuarto de hora para las ocho, la hora de ir a tirar la basura.
miércoles, 12 de octubre de 2011
Estado de dignidad 6: vivir en el sinvivir del robo
(Maquilló los balances y se blindó con una pensión vitalicia de 370.000 eurosMaría Dolores Amorós: De directora general de CAM a "lo peor de lo peor"
Con absoluta desvergüenza, ella y los directivos 'saquearon' las arcas de la entidad
Periodista Digital, 02 de octubre de 2011 a las 10:04 )
Abro el periódico y dios mío, qué susto, esto se avisa. El horror ha llegado a un grado de explicitud en los medios de comunicación que a veces uno no sabe cómo defenderse. No puedo sin embargo dejar de mirar, es como esas escenas macabras que nadie quiere ver pero que al final tú terminas viendo a través de una ventana que se abre mágicamente entre los dedos de la mano izquierda que cubre tus ojos.
Lleva un bolso de hermés (¿existe eso?), una chaqueta oscura y las gafas de sol de los que quieren ocultar algo -es tan sólo un matiz, que estriba en el ángulo de las patillas, ligeramente caídas para ver de reojo a los que llevan las gafas, como es mi caso, simplemente por coquetería-. Es la fealdad terrible de lo inmoral (a las ocho y media de la mañana de un día cualquiera).
Me sorprende el monedero en las manos. ¿Irá a pagar algo o tal vez sólo a recoger las vueltas de una compra nimia, de esas que se pueden pagar con cash?
Entonces leo otra noticia y lo pienso. No sé si soy el único que piensa en estas cosas cuando pasa las páginas del periódico y dos noticias se enfrentan casi por azar, yuxtapuestas, pero ya no me engaño, el azar es algo que no siempre es azaroso y las yuxtaposiciones adquieren valores de relación. Si la Justicia se individualizara, pienso, y defendiera desde la honradez a los que no somos parte de ese banco ni de la junta de accionistas de asesores de ningún otro banco, a los que no formamos parte de ningún partido político o de una alcaldía ni tenemos fueros extraños, ni vamos cada mañana a trabajar a ninguna sociedad de inversores.
En Gerona la dación en pago, después de Navarra. No parece mucho, pero mientras esa sea la línea, la restitución de una idea de justicia imparcial, que aúne la inmoralidad de los directores y asesores de ciertas entidades con la ilegalidad de sus acciones, estaremos a un paso de la salvación y de la redención cada vez más desesperada de la condición humana.
Después de ponerme tan sesudo levanto la vista para cruzar a través de una maraña de coches que invade la calzada y luego paso la página del mismo periódico, que leo al precio de caerme cada mañana camino del trabajo, cada mañana uno diferente, y me entretengo con las necrológicas.
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