martes, 2 de diciembre de 2014

Casi siempre, Anne Carson


Fue por azar, es cierto, no la había buscado en internet, no sabía nada de ella, ni siquiera cómo era su cara o su complexión, si sonreía o no al mirar de soslayo, si eras bella, y lo eras, o terriblemente horrorosa. Pero sucedió. Llegué hasta el fondo del comercio, estaba en uno de los anaqueles más bajos, en los que ya queda poca novedad, editado por lumen, con los lomos guillotinados, un ejemplar tan solo, como salido del fondo de un almacén, tal vez a punto de ser descatalogado de La belleza del marido de Anne Carson. Y fue el principio de un idilio. Es verdad que se cruzó también en aquella historia Margaret Atwood y sus Juegos públicos. Yo estaba a punto de divorciarme o lo había hecho o debería haberlo hecho ya entonces y no lo sabía, pero debería intuirlo porque aquellas páginas que leía a solas me emocionaban. Con las dos viajé un tiempo, las manoseé, las regalé, las amé. 
Después llegó la fama y pre-textos publicó Hombres en sus horas libres. Ahora es vaso roto y su Decreación. Y seguimos.

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