sábado, 7 de marzo de 2026

Core

 CORE


(Esta es mi colaboración en 146 voces psra que nunca nadie , coordinado por Charo Guarino).


El médico o el fisio o los dos, creo, me han recomendado que haga core, que fortalezca mis abdominales y mis lumbares. Los glúteos también entran en el paquete. He buscado información y he llegado a la conclusión de que lo que quieren los dos, juntos o por separado, es que haga pilates. Ellos no lo han dicho así, pero se trata de eso, casi seguro. Pilates es lo que hacía mi ex frente a la tele, mucho pilares para aliviar sus problemas de espalda y ya de paso de mal humor. No sé si le venía bien. Pero el tiempo no pasa en balde y no hay core que lo sujete todo. En mi caso ese todo es la espalda, que ha empezado a darme follón. Este verano tuve problemas con el glúteo derecho, un dolor insoportable. Glúteo superior, glúteo medio, glúteo inferior, acumulación de líquido anormal en los tendones. En ese momento experimenté una sensación extraña de enajenación, como si mi cuerpo no fuera parte de mí y mi consciencia maldijera al cuerpo y a sus males como si no fueran males suyos también. Pero lo son. Y ahora el médico o el físico o los dos a la vez, para aliviar mi dolor de glúteo me infligen otro dolor, el dolor del recuerdo, el recuerdo de mi ex y de los años que vivimos juntos. Pero ese es más llevadero, la verdad, de hecho es un dolor ficcionado, alguien lo relató hace ya muchos años y está fijado en nuestra memoria, en la parte que se va erosionando poco a poco hasta que un día perdamos conciencia de ella y ya sea irrecuperable, salvo algunos detalles que pervivan y sobre los que no tendremos muy claro si fueron o no ciertos.


A lo que vamos. Me bajé una serie de vídeos con ejercicios para fortalecer el core y los he ido almacenando en una carpeta que nunca encuentro tiempo para abrir y mucho menos para ejercitarme con alguno de ellos. Un fracaso total. No encuentro el momento. No encuentro el espacio. Y a veces ninguna de las dos cosas. Y si los encuentro, algo sucede para que no termine en el suelo espatarragado fortaleciendo las lumbares, por ejemplo. Aunque no me pilla de sorpresa. Sabía que había muchas posibilidades de que sucediera así, de hecho, me producía pereza hasta el hecho de valorar si conseguiría ponerme o no a hacerlos, porque sabía de sobra la respuesta.


Al final me he tenido que apuntar a un gimnasio. Somos un grupo medianamente reducido, todo muy moderno y new age. Apenas unas diez personas que aparecemos vestidas de forma informal, es decir, con chándales. Fingimos cierto aire de espiritualidad e intentamos hablar poco, lo que no deja de ser un alivio, para no romper la paz que traemos y la que dejamos.


De las nueve o diez personas que asistimos a clase siete son al menos chicas, así que todo está imbuido de cierto toque femenino, que agradezco, además, sin tensiones, hay una diferencia de edad suficiente para que cualquier tensión que pudiera surgir se caiga por falta de voltaje. Algunas de estas mujeres son jóvenes que se conocen de un curso que están realizando, y posiblemente el boca a boca entre ellas haya sido lo que provocó que terminaran juntas en este círculo de bienestar, como reza el cartel de la entrada. Tienen confianza y aunque normalmente mantienen conversaciones intrascendentes, algunos días deslizan sus vidas personales en las palabras y despiertan de una forma ligera mi atención. Yo me he vuelto prácticamente invisible para ellas, pero en el mejor de los sentidos, ya que no me ningunean, asumen mi presencia sin necesidad de disimular mucho, me aceptan como se acepta la presencia de un árbol o de un cachorrillo inocente que merodea entre las piernas de las chicas.


En la pequeña sala que se usa como vestuario, pero que nadie usa con ese fin, salvo para descalzarse y dejar unas pequeñas bolsas de deporte que llevamos con alguna toalla y una botella de agua para tomar después de los ejercicios, el otro día, en esa pequeña sala, silenciosa la mayoría de las veces, escuché una extraña conversación, casi susurrada, que despertó mi curiosidad. En un principio no le di más importancia. No dejaban de ser frases sueltas, apenas perceptibles, pero era la manera en la que las decían, como en secreto, como evitando que alguien fuera de su pequeña comunidad, de su pequeño círculo de bienestar, del que de alguna manera formaba parte, aunque no de forma plena, se percatara de que aquello no era una mera conversación más. Daba la sensación de que usaban aquel espacio neutro para concretar cosas no tan neutras. Palabras sueltas que parecían relatar, si las hilvanaba, como luego hice durante la tarde, una historia. Fue la primera vez de una serie de veces.


Parece que hablaban de una compañera que había dejado de asistir y que según me comentaron en otra ocasión, en la que pregunté por cortesía, me dijeron que se encontraba en paradero desconocido sin que la policía consiguiera seguirle la pista. Algo turbio, por lo que enseguida me arrepentí de haber preguntado. No era una chica tan joven como el resto, era de algún país americano, morena y simpática. Había comenzado, por lo visto u oído, el curso de Servicios Comerciales con ellas y también se había apuntado a trabajar el core en la clase de pilates. Me asombraba tanto entusiasmo en algo que yo hacía por obligación y que, por cierto, no me resultaba una actividad placentera para nada, salvo por el gusto creciente de formar parte de aquel grupo humano. Tuve la ocasión de hablar un par de veces con ella, nada del otro mundo, conversaciones estereotipadas, pero hasta en ese contexto resultaba agradable y, lo voy a decir, algo triste, como si algo no terminara de funcionar en su vida. Y luego su desaparición. Ellas estaban convencidas de que su entorno más próximo, vamos, su pareja, sabía o tenía algo que ver, pero no concretaron nada más. Su tristeza había ido en aumento en los últimos meses, aunque de una manera casi imperceptible. Todos arrastramos cosas, yo no soy quién para juzgar, pero la edad me permite hacer comentarios como el que voy a hacer, y que tiene que ver con la pena que me da la gente joven que vive lastrada y es incapaz de quitarse esos pesos grises que arrastran, sean lo que sean, que al final lo enmierdan todo. Ella estaba opacada. No hacía falta ser su amigo ni un lince de la psicología diaria para darse cuenta. Y un día dejó de asistir.


Veo ahora en la prensa que un grupo, presumiblemente de mujeres, asaltaron una casa y propinaron una paliza a un hombre maduro, de unos cincuenta años, mecánico de profesión, sobre el que había empezado a correr el rumor de que maltrataba o había maltratado a su pareja desaparecida, aunque de momento no había sido acusado de nada y según declaración de la policía no había ningún indicio que apoyara esa línea de actuación. Por lo visto dos chicas entraron en la casa sin violencia, invitadas por él, que las hizo pasar como un gesto de cortesía. Venían a traerle algunas cosas de su pareja, que se había dejado en la taquilla del centro de estudios al que asistía. Una vez dentro, y según el testimonio de él, una de ellas, casi como en una trama novelesca, aprovechó que iba al baño y consiguió desconectar la cámara de la entrada y borrar las grabaciones mientras abría la puerta a otra compañera que entró con un marro que luego dejaron abandonado en un contenedor próximo. Parece ser que lo ataron a una silla, frente a un espejo, y lo obligaron a mirar mientras le machacaban la mano, con la que también presumiblemente maltrataba a su mujer, de un golpe seco y pesado del marro. La idea, por lo visto, y por el amor a las simetrías, era destrozarle las dos manos, pero al final no llegó a tanto la agresión. Me las imagino escandalizadas por la sangre y por los gritos que se intuirían a través de la mordaza. Los vecinos decían que una vez que ellas salieron, protegidas por la oscuridad en la que había quedado la calle desde que unos días atrás se fundió la farola de la esquina próxima oyeron unos lamentos que apenas verbalizaban nada. Lo encontraron inconsciente, con la mano ensangrentada, y atado a la silla que se había caído al suelo dejándolo como una cucaracha patas arriba.


Ahora la duda que tengo es si esas mujeres son mis mujeres, mis compañeras de aspecto pacífico y tranquilo, que hablan susurrando y que se mueven de forma etérea, como si no pesaran. He revisado mi cuaderno, donde apunto las cosas que me llaman la atención y donde desde hace unos meses ellas ocupan un lugar destacado, sobre todo, porque mi sociabilidad se reduce casi en exclusividad a las ratos que paso en el gimnasio. Recuerdo conversaciones llenas, imagino ahora, de eufemismos, palabras que no se pueden entender siempre en sentido literal. Por ejemplo, recordé la conversación en la que hablaban de la plaga de cucarachas que había que erradicar. Lo recuerdo porque me dan aprensión y miré el suelo de los vestuarios preocupado. Iba revisando las notas. “Ella no dice nada, pero nada es lo que no podemos hacer” y pensé en Wittgenstein o “el cerdo debe pagar llegado su San Martin” o “todo terminará cuando la oscuridad nos proteja”. Sé que es algo infundado, pero no pude dejar de valorar la posibilidad de una liga de mujeres resolviendo sus problemas al margen de todo. Y entonces recuerdo que las había visto corriendo alguna tarde o cómo, después de pilates, se quedaban haciendo más ejercicios en esta ocasión con pesas y esforzando sus cuerpos hasta unos límites que parecía imposible que aquellos cuerpos rebasaran. Y lo hacían, sorprendentemente. Solidarias, ayudándose en clase. Las recuerdo esperando a una compañera casi coreando con la mirada el todas o nada. Cada día un poco más, un grupo entrenado para lo que fuera por amor propio, sobre todo, por amor propio a una condición. Y yo compartiendo ese momento, presenciándolo, sintiéndome cómplice sin decirles nada pero sin que hiciera falta.


Así que esta tarde me he venido a casa y me he puesto a escribir. Es, pienso, mi aportación a nuestro particular círculo de bienestar, como si no hubiera sido azaroso que estuviera allí con ellas. He puesto unos cojines en la silla y he intentado hacer unos pequeños estiramientos antes de escribir, pocos, la verdad, pero no quería que un dolor inoportuno me interrumpiera. Escribo orgulloso este relato, orgulloso por haber visto tal vez lo que los demás no han querido ver. La realidad, como mi core maltratado, me recuerda con ciertas molestias que el mundo sigue ahí y que lo que insinúo no termina de sustentarse, al menos, que es difícilmente defendible, pero yo no estoy aquí para defender nada, a lo sumo para insinuar y crear un relato de los hechos que si bien no han sucedido, en este caso, deberían haberlo hecho. Y lo releo todo y tengo la necesidad de decirlo. No sé por qué, no sé incluso si le viene bien al relato pero siento que debo terminar con estas palabras: estáis avisados.




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