jueves, 24 de diciembre de 2015
domingo, 13 de diciembre de 2015
Feliz cumpleaños, abuela
Mi abuela María cumple hoy ochenta y cuatro años, uno detrás de otro, no todos igualmente felices imagino, pero hoy cuando la he llamado para felicitarla me ha deseado algo que me ha hecho pensar. Ella que ha vivido momento duros, que perdió a su padre en la Guerra Civil y que lo reencontró dos años después corriendo desde el penal donde estuvo preso y sin atreverse a mirar hacia atrás; la misma mujer que se escondía en los bolsillos de su chaquetón las mondas de las naranjas que robaba para ir esparciéndolas de forma discreta; la que se deslizó por una piedra de las lavanderas y cayó al río Segura y consiguió salir arrastrándose de los pelos, pensaba ella, mientras se desenredaba de un sedal que milagrosamente la arrastró hasta la orilla; la que sirvió en casa de unos señoritos, a la que se llevó mi abuelo y se casó muy temprano antes del culto y perdió un hijo y ganó ocho.
Al despedirse me ha dicho que me desaba que yo también llegara a los ochenta y cuatro años y tuviera la suerte de ver a mi hijo casado y a sus hijos y disfrutar de mis nietos y biznietos. Después de tantas cosas, la vida siempre merece la pena.
Así que eso se ha pegado a una frase que el otro día le escuché a un escritor, algo así como que la literatura nos permite evadirnos de unas vidas mediocres y aburridas, y he sonreído porque hay personas que han aprendido de una forma sencilla que pese a todo la vida siempre merece la pena.
Al despedirse me ha dicho que me desaba que yo también llegara a los ochenta y cuatro años y tuviera la suerte de ver a mi hijo casado y a sus hijos y disfrutar de mis nietos y biznietos. Después de tantas cosas, la vida siempre merece la pena.
Así que eso se ha pegado a una frase que el otro día le escuché a un escritor, algo así como que la literatura nos permite evadirnos de unas vidas mediocres y aburridas, y he sonreído porque hay personas que han aprendido de una forma sencilla que pese a todo la vida siempre merece la pena.
domingo, 22 de noviembre de 2015
Regalos de Soren Peñalver
Fue Soren Peñalver quien hace unos años y sin más motivo aparente que la amistad me regaló una edición antigua de la poesía de Kathereen Raine en la traducción precisamente de Rafael Martínez Nadal y editada por Hiperión. No fue una lectura rápida ni fácil y tuvo que pasar un tiempo para que entendiera la belleza de lo que allí había escrito y de por qué Soren deseaba que yo leyera ese libro. No hay mejor magisterio que el que no lo parece. Gracias. Ayer en La Opinión de Murcia volviste a hacerme un regalo.
sábado, 21 de noviembre de 2015
De la lectura de El comensal
Acabo de terminar de leer El comensal de Gabriela Ybarra. El libro despertó mi curiosidad ya de una manera al menos pintoresca pero por otro lado frecuente en los últimos años, a través del muro de facebook de un amigo que te convence, que cuenta poco y que te deja ese gusto extraño de desear -mitad juego, mitad necesidad- algo que hasta hace unos minutos no sabías ni que existía. Luego compras el periódico y encuentras que un escritor de prestigio, de esos a los que les ceden una columna de opinión en la última página, y se la pagan, habla de este "cuento", crees recordar, que tú ya llevas en la bolsa porque has pasado por la librería y lo has visto en la mesa de novedades junto a un par de libros que sí sabías que te ibas a llevar.
Unos días después alguien te hace la siguiente pregunta, que en realidad es una reflexión: cuántos libros de Caballo de troya publicados este año podrías citar, y joder, hasta te cuesta convencerlo de que no sabías que existía una editorial que se llamaba así, aunque tu amigo, con buena fe, te convence de que sí que la conocías, de que no debías dejar de conocerla y claudico y lo admito, más por ser bien mandado y por no dejar en entredicho a este amigo que me gusta que sea mi amigo, que porque realmente esté convencido de que lo supiera.
Y ahí estás, te sientas y te pones a leer. Te encanta la idea con la que se abre el libro de la silla para el comensal que no llegará. Te recuerda muchas cosas, o establezco relaciones con muchas cosas, como la ocasión en la que estuve colaborando en la radio y alguien dejaba invariablemente, día tras días, una silla vacía para Julio Cortazar, y sobre todo y no tengo claro el porqué, se me llena la cabeza de imágenes de El festín de Babette. Hágaselo mirar. Me engancho enseguida al libro, un libro modesto, con un estilo sencillo, casi naif, salvo que las dos historias familiares que se relatan no son nada naif, porque la muerte es el asunto del libro. ¿Una pena en observación? Tampoco es eso, no llega a ser nada en concreto, es algo, tampoco es novela, que se deja leer, que pese a todo tiene un tono amable y complaciente con el lector que lo entiende todo, y que no termina de empatizar porque tampoco es un libro sentimental. Conforme avanzo en la lectura no puedo obviar una pregunta que cada vez es más acuciante, qué sentido tiene escribir un libro así, y qué sentido, que es lo que a mí me atañe, leerlo. Pero lo he leído y no he podido dejar de hacerlo.
Al final agradeces la alusión a Robert Walser, y, pese a todo, sonríes. Todo muy raro.
lunes, 1 de junio de 2015
viernes, 29 de mayo de 2015
martes, 19 de mayo de 2015
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