jueves, 21 de mayo de 2009
Feliz cumpleaños
Vienes de muy lejos, Margaret Atwood. Como la soledad, te acercas y me dices:
Encajas en mí
como el gancho en su presilla
Un anzuelo,
un ojo abierto.
Y sé que es tu manera de decírmelo, de susurrar un efusivo e inocente feliz cumpleaños, aquí tienes tu regalo, que lo disfrutes, Antonio.
miércoles, 13 de mayo de 2009
Mi poema en la calle trapería
martes, 28 de abril de 2009
Cinco poemas de amor
Ella de forma habitual suele ser dura conmigo, por eso no le di más importancia, aunque claro, las verdades dichas de esta manera a uno le estrujan el corazón un poquito. Y aunque no estaba del todo de acuerdo con aquella afirmación decidí que le haría caso. Había elegido el título al azar, en un pasillo del instituto, sin pensarlo mucho. Dije entonces, cinco poemas de amor, pero, claro, pensé después, qué sé yo del amor, bueno, no seas tan severo, algo sabes, me barrunté con cierto alivio. Pero Isabel me había pedido que repitiera la lectura que ya había hecho aunque con una salvedad, porque me dijo, más bien formulado como un deseo que excedía a la lectura, que fuera más feliz.
Así que en estas estaba, era un lunes por la noche y había decidido empezar a preparar la lectura para el recreo, quince, veinte minutos, no más. Y me sentí como mis alumnos. Desde hace unos meses tenemos en clase de cuarto instaurados los Cinco minutos de fama, en los que cada vez uno a uno mis alumnos disfrutan, unos con más pasión, otros, digamos, que llevados por un falso entusiasmo, de sus cinco minutos de fama, en los que hablan de aquellos libros, aquellas canciones, esa película, que les gustó especialmente y que de alguna manera los cambió de esa forma en la que el arte cambia a las personas. Así que estos son de alguna forma mis cinco minutos de fama, mis diez minutos de fama, mis cinco poemas de amor, que no son poemas y que necesariamente tampoco son de amor.
En un primer lugar me dije que cinco era un número que no estaba mal, que era plausible, cinco poemas y además de amor, y además que no fueran míos. Creo que no tengo escritos cinco poemas de amor o al menos cinco poemas de amor que ahora quisiera recordar. Desde que mi vida cambió el amor estaba siendo un estorbo, un tema esquivo, seamos sinceros. Ella me lo decía con frecuencia, me apuntaba eso, me decía, Antonio, que no escribes, Antonio, que no te enamoras de nadie, Antonio, que… Todo el santo día así, con el mismo tole tole. Menos mal que he aprendido a escucharla con una sonrisa y a no hacerle mucho caso, o al menos, a hacerle el caso necesario. Cuando escribo busco siempre una voz, alguien que cuente por mí, o alguien que cuente desde mí, el relato, el hilo de mis sentimientos, impresiones, las pesquisas de mis tribulaciones, pero en esta ocasión dije en voz alta, bajo su atenta mirada, que más que una voz tenía que encontrar un lugar. Escribiría desde un lugar y no desde una voz, además, se trataba de encontrar cinco poemas de amor que no fueran necesariamente míos, o directamente, que no fueran míos. ¿Un gesto de humildad? No creo, más bien un gesto de pasión por la lectura. Y esa pasión, en mi caso, tiene un lugar.
Empecé por echar una mirada rápida a las estanterías blancas donde guardo los libros de poesía, lo que me pareció lo más sensato, puesto que tenía que encontrar cinco poemas y además de amor. Tengo los libros separados por géneros, pero no por temas, lo que tal vez sería más sensato. La destrucción o el amor, Espadas como labios, Completamente viernes, La voz a ti debida, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Usted, El paseo de los tristes, La belleza del marido, Hojas de hierba, Poeta de la pasión…En cualquiera de esos libros encontraría lo que estaba buscando, pero no, no era eso de lo que quería hablar, no era eso lo que quería leer. ¿En verdad me apetecía hablar del amor, encontrar un poema que fuera una imagen del amor, o sólo un retazo, un amor concreto, o no, el amor en toda su extensión y su complejidad?
Me detuve, miré un rato por la ventana. La ventana de mi biblioteca es una ventana mágica. Desde mi silla o desde el sofá donde me gusta decir que me siento a leer, sólo se ve el cielo a través de ese recuadro, un cielo que como estamos en Murcia la mayor parte del año es azul, tal vez en alguna esquina se aprecia la estructura metálica que sustenta un toldo raído y que de vez en cuando hace zozobrar el viento. Ese ruido, el vaivén de las cuerdas tropezando unas con otras, el viento, las hojas de las plataneras que asoman como quien mira pero no quiere ser visto por el umbral de la luz, y el lejano rodar de los coches me transporta a la playa. A veces, descansando de la lectura, dejo el libro y entorno los ojos y estoy allí, en el mar, en vez de en la ciudad. Es como ese andén invisible de Harry Potter, cuestión de fe.
Entonces pensé en ese poema de Bay Yuyi, Canción de la pena sin fin, un poema chino de la era Tang, una joya, una historia de amor trepidante, pero con final triste y feliz a la vez. No te pongas pedante, me dice enseguida. Ya sabía yo que no me iba a dejar en paz. Además, me recuerda, se trata de una lectura feliz. Sé feliz, te han dicho y vas tú y te pones a pensar en la Canción de la pena sin fin, pues estamos arreglados. Busca, añade, seguro que encuentras algo que hable del amor y que no tenga que terminar en un velatorio. Y sonreí, porque aunque ese poema me encanta, la trágica muerte de la bellísima Yang Kuei Fei, Anillo de jade, favorita del Emperador Hsuan Tsung de Tang, estaba claro que no era muy feliz, salvo que seamos capaces de abstraernos a la realidad concreta del día a día y veamos el amor como algo que sabe saltar los límites de nuestra vida. Recuerdo algunos versos, el inicio:
“Sólo ellos compartían los paseos y las noches de primavera.
Tres mil bellezas habitaban el palacio, pero el amor sólo existía para ella.”
“Desde Yu Yuang los tambores de guerra
Estremecen la tierra poniendo fin a la Danza de Trajes Emplumados.
Polvo y humo cubren los nueve palacios”
Y luego continúa:
“Fue entonces cuando fue ejecutada la bella de cejas de mariposa ante los caballos.
Sus adornos floreados quedaron por el suelo,
y nadie los tocó. Nadie tocó el adorno de su pelo,
el gorrión de oro cubierto de plumas
de martín pescador, ni la horquilla de jade.”
“Cielo y Tierra cambiaron. Regresó el carro del Dragón.
Allí se detuvo el Emperador a pesar suyo,
en el barro de Me Wei Po, donde el hermoso rostro ya nunca estará,”
“El soberano y sus ministros se miran, cubiertos de lágrimas.”
“Bajo las flores de rocío, las tejas entrelazadas están frías.
¿Quién querría compartir una habitación helada?”
...............................
“¡Ay! El cielo y la tierra pasarán, pero su recuerdo será eterno.”
Seguimos, propuse. Me apetecía charlar con ella una vez que estaba claro que no me iba a dejar tranquilo. ¿Qué elegirías tú para leer, que no fuera pedante, que fuera de amor, que sean cinco textos? ¿Pero es que aún no has apuntado -me dijo- que no son cinco los poemas? Sí, sí, tranquila, ya lo he dicho, pero es que me he dejado llevar por cierto entusiasmo.
Y empecé por una de las primeras noticias de amor que tuve en mi vida. Cuando uno es pequeño quiere ser futbolista, bombero, astronauta, pero yo quería ser poeta e ingeniero, que era una forma doble de decir lo mismo, porque había elegido, de entre todas las profesiones posibles esa, la de ingeniero, sin saber lo que era, sólo por su sonido, por sus connotaciones. Mientras que los demás querían ser Quini, yo quería ser Miguel Hernández y luego Neruda. Mi padre tenía un ejemplar de la editorial seix-barral de las memorias de Pablo Neruda, Confieso que he vivido. Allí cuenta cómo tuvo que esconder su vocación a su padre obstinado en que hiciera algo de provecho, en que hiciera abogacía en vez de andar perdiendo el tiempo escribiendo poemas, cosas sin porvenir. Y luego llega la adolescencia en Santiago de Chile, y el amor, bueno, los amores, la sensualidad a flor de piel, los encuentros amorosos con desconocidas, el amor fugaz, momentáneo, pasional que luego recoge en sus libros Crepusculario o Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
Así que empecé, ya tenía mi primer poema de amor, mi primera historia, un punto de partida. Y seguimos y recuerdo un poema de mi libro El otoño encarnado, ese libro que escribió por mí el viejo profesor Ives de la Roca, ese poema que relata la historia de Filemón y Baucis de las Metamorfosis. Esa sí que es una historia de amor, un poema de amor. Intento convencerla, le cuento que Apolo y Mercurio, disfrazados de humildes viajeros van por el valle del Ática pidiendo asilo para la noche, y cómo uno tras otro los rechazan, hasta que llegan a la puerta de unos ancianos, un hogar sencillo, donde los acogen. Les dan de cenar, les dejan sus camas. Al día siguiente los dioses revelan su naturaleza y les conceden un deseo. Los dos ancianos se miran, no saben, o tal vez sí, tal vez la mirada es de complicidad, de saber desde hace mucho tiempo lo que desean, que ninguno vea la muerte del otro, que ninguno tenga que vivir sin el otro. En ese momento tengo que parar un instante, la emoción me encoje otro poco el corazón. Cómo tiene una persona que sentir para que no quiera vivir sin su compañera, cómo tiene que ser su amor para que entre todos los deseos del mundo sólo pida algo en apariencia tan modesto, algo que provocaría incluso la risa. Filemón y Baucis no piden oro, no piden fortuna, no desean salud, sólo quieren vivir el uno junto al otro, morir al mismo tiempo, no vivir sin el otro. Es un amor que da miedo, me dice, es un amor un poco reñido con los tiempos que corren, tan inmediatos, tan tangibles, tan de tocar, gastar, cambiar.
Y quizás de entre todas las historias de amor que me llegan de los libros me quedo con la que tiene que ver con los últimos días de la vida de Dámaso Alonso. El poeta de la generación del 27, una de las mentes más claras de nuestra crítica, un hombre lúcido, inteligente, memorioso, llegó al final de su vida aquejado de una enfermedad que lo dejó postrado en la cama, tal vez alzéhimer, no sabe nada, no reconoce a nadie. De pronto se acerca su mujer, se queda mirándola, “no sé quién eres, -le dice- pero sé que te he querido mucho”.
Hago el recuento, la Canción de la pena sin fin, los amores de Neruda, Filemón y Bacis, Dámaso Alonso, y te falta uno, me dice. Pero yo le sonrío. Sí, es cierto, le digo a mi conciencia, pero es que ese poema aún está por escribir. Tal vez, le digo, no sea el más hermoso, tal vez, pero seguro que cuando llegue el momento te gustará. Y ella que me conoce desde hace mucho tiempo, también me sonríe, porque los dos sabemos de lo que estamos hablando.
jueves, 12 de marzo de 2009
En la ciudad con Michael Nyman
Me dice María Jesús que llevo unos días pajizo. Es verdad. Sólo contestaré en mi defensa que es esta vida perra que a veces te hace pasear por páramos que nunca hubieras deseado transitar. Por eso esta noche te has regalado a Michael Nyman. A Michael Nyman band y la soprano Marie Angel. No lo sabías pero de pronto te has visto en la necesidad de salir de ese claustro interminable, más de tres horas, y de llegar al auditorio donde aún quedaba por venderse tu entrada, una entrada azul que te ha abierto las puertas a dos horas de vuelo. Y además en patio de butacas. Cansado, muy cansado. Pero las expectativas son grandes. Empiezo a escribir estas notas. Me resulta curioso no conocer a nadie entre tanta gente, me resulta curioso estar solo entre tanta gente. Es una sensación rara y familiar a la vez, como si estuviera de viaje, como si me sintiera en casa.
Y me acuerdo del poema de Kavafis, La Ciudad. Ese poema que viene a decirnos que la vida que hemos malogrado en esta ciudad la hemos perdido en todas las ciudades, pues la ciudad es siempre la misma. No busques otra. Y pienso que ésta es mi ciudad, que estoy a menos de diez minutos de mi casa, que ahora podría estar viendo la tele en vez de estar aquí, en esta sala, a mil kilómetro de toda preocupación, rodeado de gente extraña -menos Isa, que llega y me saluda, cuánto tiempo, cuándo David Lynch-. Esta ciudad que fundo ahora, como en el poema de Konstantino Kavafis, pero al revés, para que la vida que aquí retoña lo haga en todas las ciudades.
Y me acuerdo del poema de Kavafis, La Ciudad. Ese poema que viene a decirnos que la vida que hemos malogrado en esta ciudad la hemos perdido en todas las ciudades, pues la ciudad es siempre la misma. No busques otra. Y pienso que ésta es mi ciudad, que estoy a menos de diez minutos de mi casa, que ahora podría estar viendo la tele en vez de estar aquí, en esta sala, a mil kilómetro de toda preocupación, rodeado de gente extraña -menos Isa, que llega y me saluda, cuánto tiempo, cuándo David Lynch-. Esta ciudad que fundo ahora, como en el poema de Konstantino Kavafis, pero al revés, para que la vida que aquí retoña lo haga en todas las ciudades.
Y cuando Nyman se ha retirado la gente sigue aplaudiendo. Tú aplaudes como el que más. Estás fascinado. Y solo. Y fascinado de nuevo. Entonces sale ya sin sus músicos, avanza hasta el piano, se sienta, toca. Y la lluvia empieza a caer en tu corazón.
jueves, 5 de marzo de 2009
Providence, Rhode Island
Me pregunta Rocío, así a bocajarro, sin miramientos, si no me da vergüenza hablar de mi vida aquí, contar las cosas que me pasan, ir devanando el ovillo de los días. Y no sé qué decirle, le digo que no, que por eso lo hago y luego me quedo con la pregunta, pero por qué, por qué lo hago.
Hay algo de exhibicionismo creo, pero en realidad sé que no debo contestar a la pregunta, porque es una pregunta trampa, una pregunta que me llevaría a pensar en el hecho de por qué escribo, y lo que sé es que lo hago y que, no es que me haga feliz, es que no podría dejar de hacerlo. Poco más.
Escribir sobre tantas cosas, escribir sobre lo que me pasa y lo que me podría pasar, especialmente esta semana en la que las cosas se precipitan, caen, se desportillan. Siempre he huido de dar datos concretos, fechas, nombres, pero sé que mi vida aparece, aunque velada, en estas entradas, sé que aunque defienda la ficción la gente lee, por ejemplo, por mucho que ponga La comunidad de los despechados, Antonio el despechado, o el desdeñado, como apunta el licenciado Lorente, y recrea la historia a su parecer.
Ayer me paseaba por Murcia pensando en estas cosas. Iba al programa de radio en el que colaboro desde hace tres o cuatro años. Y paré en una sala de exposiciones. Pensé en muchas cosas, pensé en que era momento de dar ese paso que no termino de dar y que, creo que voy a acometer con toda la ilusión del mundo, porque, no me engaño, se están dando todas las circunstancias necesarias. Mientras veía las imágenes que me gustaría compartir contigo, leía los pies de las fotos, leía palabras como Providence y seguidamente Rhode Island, y me emocionaba, porque ahí estaba, ese deseo, el de volver a escribir, pero de verdad, el de vivir de acuerdo con esta pasión, como recomendaba Rilke al joven poeta que le demandaba consejos. Recuerdo cuando me quedaba en casa para terminar de escribir algo, cuando no cogía el teléfono si me quedaban veinte o treinta páginas de una novela o simplemente cuando me apetecía quedarme solo, a mi aire.
Había una foto especial: una silla, una ventana, un cuerpo desnudo parcialmente, sólo los pantis, y no sé por qué -otra vez esta ignorancia en la que me refugio- pero sentí que quería ser eso, que quería vivir así, que tenía que hacerlo, sin excusas, sin paliativos para el dolor extinto, para ningún tipo de dolor y menos para el hastío. Y no sé tampoco por qué me vi pensando en Ana Martínez, la pintora, y en Concha Martínez Barreto, la otra pintora. No sé por qué me acordé de la casa de Ana, donde pinta o pintaba -hace tiempo que le perdí el rastro-, una casa vieja, algo espartana, donde sólo hay lugar para la pasión. Y no sé por qué me acordé de Concha y de su propia pasión, y de sus tardes de no salir, de no moverse, de quedarse en casa con sus cuadros, pintando.
Providence, pensé, Rhode Island. Y lo supe. Aquí hay un principio de algo. Y da igual que lo desees o que no lo hagas, porque va a suceder. Podrías dilatar la espera, complicar las circunstancias, pero da igual, si es que ya está sucediendo. Y no te preocupes. Va a ser fácil. Basta con tirar del hilo, dejar que el ovillo se deshaga.
Hay algo de exhibicionismo creo, pero en realidad sé que no debo contestar a la pregunta, porque es una pregunta trampa, una pregunta que me llevaría a pensar en el hecho de por qué escribo, y lo que sé es que lo hago y que, no es que me haga feliz, es que no podría dejar de hacerlo. Poco más.
Escribir sobre tantas cosas, escribir sobre lo que me pasa y lo que me podría pasar, especialmente esta semana en la que las cosas se precipitan, caen, se desportillan. Siempre he huido de dar datos concretos, fechas, nombres, pero sé que mi vida aparece, aunque velada, en estas entradas, sé que aunque defienda la ficción la gente lee, por ejemplo, por mucho que ponga La comunidad de los despechados, Antonio el despechado, o el desdeñado, como apunta el licenciado Lorente, y recrea la historia a su parecer.
Ayer me paseaba por Murcia pensando en estas cosas. Iba al programa de radio en el que colaboro desde hace tres o cuatro años. Y paré en una sala de exposiciones. Pensé en muchas cosas, pensé en que era momento de dar ese paso que no termino de dar y que, creo que voy a acometer con toda la ilusión del mundo, porque, no me engaño, se están dando todas las circunstancias necesarias. Mientras veía las imágenes que me gustaría compartir contigo, leía los pies de las fotos, leía palabras como Providence y seguidamente Rhode Island, y me emocionaba, porque ahí estaba, ese deseo, el de volver a escribir, pero de verdad, el de vivir de acuerdo con esta pasión, como recomendaba Rilke al joven poeta que le demandaba consejos. Recuerdo cuando me quedaba en casa para terminar de escribir algo, cuando no cogía el teléfono si me quedaban veinte o treinta páginas de una novela o simplemente cuando me apetecía quedarme solo, a mi aire.
Había una foto especial: una silla, una ventana, un cuerpo desnudo parcialmente, sólo los pantis, y no sé por qué -otra vez esta ignorancia en la que me refugio- pero sentí que quería ser eso, que quería vivir así, que tenía que hacerlo, sin excusas, sin paliativos para el dolor extinto, para ningún tipo de dolor y menos para el hastío. Y no sé tampoco por qué me vi pensando en Ana Martínez, la pintora, y en Concha Martínez Barreto, la otra pintora. No sé por qué me acordé de la casa de Ana, donde pinta o pintaba -hace tiempo que le perdí el rastro-, una casa vieja, algo espartana, donde sólo hay lugar para la pasión. Y no sé por qué me acordé de Concha y de su propia pasión, y de sus tardes de no salir, de no moverse, de quedarse en casa con sus cuadros, pintando.
Providence, pensé, Rhode Island. Y lo supe. Aquí hay un principio de algo. Y da igual que lo desees o que no lo hagas, porque va a suceder. Podrías dilatar la espera, complicar las circunstancias, pero da igual, si es que ya está sucediendo. Y no te preocupes. Va a ser fácil. Basta con tirar del hilo, dejar que el ovillo se deshaga.
miércoles, 4 de marzo de 2009
El peso de las palabras

No es una traición. Es solamente un juego. Me invitaron a formar parte de la mafia literaria y no sabía cómo hacerlo. Creo que he encontrado la forma. Me gusta. Me divierte. Así que por allí voy publicando este relato de cine negro, tal vez, con algo de Los soprano más que de El padrino. Con algo de la Dalia negra o tal vez de Zodiac. Mucho cine, creo y no tanta literatura.
Ahora puedes seguir, si te apetece, mi relato en el blog mafialiteraria.blogspot.com o pinchando directamente en
El peso de las palabras 1
El peso de las palabras 2
El peso de las palabras 3
jueves, 26 de febrero de 2009
La comunidad de los despechados II
Me había sentado frente al ordenador para reescribir la entrada de La comunidad de los despechados. No podía sospechar entonces que en mitad de la escritura recibiría una llamada. Esa llamada lo iba a cambiar todo.
Parece ser que en un lugar recóndito de Argentina existe efectivamente esta comunidad de pobres almas que además profesan una deferencia especial por Borges. La llamada era de su presidente, un tal Abilio Despechado, oficinista en horario laborable y polemista en horas libres. Y me increpa así, de buenas a primeras, que terminara el cuento con una frase de Cortázar, quizás decía, a parte de desvelar el secreto de las reuniones de la comunidad, esa era la mayor provocación que podía hacerles.
-Cortázar -dijo- señor mío, Cortázar, solo es un remedo del gran Borges.
Yo no entendía bien el objeto de su llamada, porque en ningún momento el tal Abilio se definía, se concretaba. Hubiera necesitado saber qué era exactamente lo que le había molestado de mi texto y en concreto qué deseaba de mí, una vez que el daño, como él decía, estaba hecho.
-Termine con una frase de Borges al menos, sea usted elegante. Y dé por hecho -añadió- que está usted excluido de por vida de nuestra comunidad. Despéchese con otros. Está avisado.
Yo no recordaba haber echado ninguna instancia en tan extraño club, que por otro lado pensaba que era una creación de mi cabeza, pero el tono era de amenaza y vi bien recular un poquito, darle cierta razón y credibilidad a sus palabras.
-So boludo -dijo, lo que me hizo dudar de su origen ciertamente argentino- , sea feliz, queme las cosas que le queden de su pasado, viva hacia delante. Viva hacia delante -gritó mientras su voz se perdía en una nube de ruido trasatlántica.
Yo no entendía nada, entre otras cosas porque nunca pertenecería a un club de despechados, tal vez, de despechables, pero ese es otro tema. Me quedé un rato en silencio. Cerré la ventana de mi blog y descarté reescribir la entrada, por otro lado, ya había una infinidad de ideas allí, de correcciones, de sugerencias, que andaban solas, que habían empezado a distanciarse, a cobrar vida, me barrunté, como en un jardín de senderos que se bifurcan.
Parece ser que en un lugar recóndito de Argentina existe efectivamente esta comunidad de pobres almas que además profesan una deferencia especial por Borges. La llamada era de su presidente, un tal Abilio Despechado, oficinista en horario laborable y polemista en horas libres. Y me increpa así, de buenas a primeras, que terminara el cuento con una frase de Cortázar, quizás decía, a parte de desvelar el secreto de las reuniones de la comunidad, esa era la mayor provocación que podía hacerles.
-Cortázar -dijo- señor mío, Cortázar, solo es un remedo del gran Borges.
Yo no entendía bien el objeto de su llamada, porque en ningún momento el tal Abilio se definía, se concretaba. Hubiera necesitado saber qué era exactamente lo que le había molestado de mi texto y en concreto qué deseaba de mí, una vez que el daño, como él decía, estaba hecho.
-Termine con una frase de Borges al menos, sea usted elegante. Y dé por hecho -añadió- que está usted excluido de por vida de nuestra comunidad. Despéchese con otros. Está avisado.
Yo no recordaba haber echado ninguna instancia en tan extraño club, que por otro lado pensaba que era una creación de mi cabeza, pero el tono era de amenaza y vi bien recular un poquito, darle cierta razón y credibilidad a sus palabras.
-So boludo -dijo, lo que me hizo dudar de su origen ciertamente argentino- , sea feliz, queme las cosas que le queden de su pasado, viva hacia delante. Viva hacia delante -gritó mientras su voz se perdía en una nube de ruido trasatlántica.
Yo no entendía nada, entre otras cosas porque nunca pertenecería a un club de despechados, tal vez, de despechables, pero ese es otro tema. Me quedé un rato en silencio. Cerré la ventana de mi blog y descarté reescribir la entrada, por otro lado, ya había una infinidad de ideas allí, de correcciones, de sugerencias, que andaban solas, que habían empezado a distanciarse, a cobrar vida, me barrunté, como en un jardín de senderos que se bifurcan.
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