miércoles, 2 de noviembre de 2016

Sin saber muy bien por qué

A veces me compro un libro de poemas al azar, sin saber muy bien por qué, por qué ese libro y no otro, por ejemplo, una corazonada, como el otro día en la Montaña Mágica de Vicente Velasco Montoya. Así que le eché mano a "Línea de nieve" de Gabriel Issausti, de quien me habia hablado hace algún tiempo Soren Peñalver.

A veces ojeo u hojeo, que ya no me queda claro, ese libro y de pronto siento una profunda decepción. Y me dura un tiempo hasta que de pronto vuelvo a abrirlo. Es otro el tiempo y otra la premisa para leerlo, alejada de la urgencia de la primera lectura, de cualquier expectativa, otros también, por qué no, los ojos con los que leo, y entonces pienso en la suerte de haber vuelto a abrir ese libro y de haberme encontrado con un poema, en este caso, "Niebla en Aralar", la segunda parte de la serie "Preludios" Y del que a continuación copio un fragmento: "Ahora vivo, en más de un sentido, al otro lado y en las noches de invierno, al acostarme, siento el frío que llega de esos montes como una mano helada que tienta en las tinieblas. Dónde somos, y no de dónde somos, me digo, es la pregunta." En mi caso, ya he encontrado la respuesta.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Historia de un papiloma


Alguien va al médico de cabecera de la seguridad social. Le mira el pie. Tiene un pie bonito, como es temprano aún no están muy sudado. Huele a gloria, la verdad. Ese alguien ha esmerado su higiene porque enseñar el pie no es cosa banal, aunque aprecia que al descalzar su extremidad y desprenderla del calcetín no le habría venido mal un poco de atención al rasurado de las uñas. Pero con todo, valora que su estado es aceptable. Mantiene el pie en alto, la planta orientada al facultativo. La observa. No se atreve a tocar, a lo sumo con uno de esas tablillas de madera con las que los facultativos del mundo creen que pueden animar el corazón maltrecho de un niño después de una inyección -mucho mejor las piruletas, se lo aseguro-. Valora. Y después decide derivar a ese alguien, anónimo, pero de pies cuidados, al dermatólogo.
Y aquí empieza su odisea. En el mostrador de cita previa comprueba que alguien está sustituyendo a otro alguien, que obviamente no es el protagonista de este relato, porque no tendría mucho sentido, y que después de solventar varios escollos informáticos, le puede dar cita para el 23 de febrero. Acepta con normalidad esa cita, hasta que cae en la cuenta, y no es una cuenta pequeña. Sonrojado, porque no está acostumbrado a manifestar su malestar, pregunta por la oficina de atención al paciente, ya que el plazo le parece abusivo, y al otro lado del mostrador observa una mueca de incordio. Allí no existe eso, aunque este nuevo alguien que atiende al otro lado del mostrador, ha tenido que hacer varias preguntas para asegurarse. Finalmente se despacha, y con ello también despacha el texto, con un "pues esto es lo que hay".

jueves, 11 de agosto de 2016

El sabor de las cerezas.

A mi padre, lector de estos versos.

MIENTRAS crecíamos
 crecían con nosotros
las ramas del cerezo,
la fruta en esas ramas,
la sombra en estas frutas.

 Dejábamos las bicicletas,
las canicas, la trompa
y su cordel de nailon
en la bondad de aquellos días.

Y nos subíamos
por estas ramas,
probando aquella fruta,
y saltando como funámbulos
cuya suerte pendiese
 del hilo de las nubes.

___
Las horas de la noche
se hacían largas en octubre,
 y el invierno se presentaba como un largo
túnel entre dos valles,
o entre dos calles,
o entre dos años.

___
En las noches de luna llena
del mes de enero,
los gatos tristes
merodeaban los cerezos.
Sombras oscuras
que saltaban al sueño
por las persianas de madera,
donde mis manos azoradas
abrían paso lentamente
a mis ojos abiertos como platos.

Y una vez que caía de cansancio,
con la cara desnuda
sobre el cristal helado,
daban vueltas a la memoria,
como a un ovillo,
dibujando con tinta china
sombras de tigres negros
en las paredes.

___
Por las mañanas
una rama rojiza y tensa
golpeaba el alféizar,
y yo desde muy lejos,
pero como quien mira
para ser visto, la miraba
con sus trenzas de niña
y su uniforme
del colegio de paga.

Y aunque fuimos amantes
a los doce años
y sin hablarnos,
jamás grabamos nuestros nombres
dentro de un corazón
en la corteza de aquel árbol.

___
La plaza siempre se iluminaba
en los días de marzo,
con una flores párvulas
que el viento de mediados de ese mes
barría por las calles.

___
En los días de marzo me sentaba
 cerca de los cerezos,
y con las manos limpias los tocaba, y me sentía extraño,
como si el viento entre sus hojas
 cantase una canción
con cosas que se ganan
y cosas que se pierden.

____

Y te recuerdo
Podando con tus manos
las ramas jóvenes,
guiando su sombra
que se confundiría
al cabo de los años
con nuestra propia sombra.
tus manos firmes y flexibles
como las manos del cerezo
en las mañanas
azules de septiembre.

(Allí donde no estuve. Rialp. 2004)

miércoles, 10 de agosto de 2016

IES Marqués de los Vélez, reencuentro después de 25 años.


Ojalá este poema recuerde mínimamente a Jaime Gil de Biedma. Feliz de haber coincidido con vosotros, no sólo hace veinticinco años sino apenas hace una semana.



IN ICTU OCULI

 Reencontrarse entonces
después de tantos años,
no sin cierta inquietud,
con el temor de aquella
fragilidad de ser adolescente.

 Hoy que crees vencidas
las inseguridades,
y que no arrastras el acné
severo, el gesto taciturno
de quien apenas un momento
se atreva a preguntar.

 Ahora que has creado a tu medida
un recuerdo de todo aquello,
donde encajan tus dudas
y el oro de los años
es un telar bruñido
por el roce de las palabras.

 Reencontrarte ahora
contigo mismo, con el tú de entonces,
y estar en paz con todo
lo que te perturbó
después de tantos años,
y que haya sido suficiente
un parpadeo.

lunes, 20 de junio de 2016

Hoy en La Verdad

Bueno, pues eso, que Antonio Arco me ha entrevistado en La verdad, la otra, la de papel.

http://www.laverdad.es/murcia/culturas/libros/201606/20/trabajar-jovenes-alas-20160620003712-v.html

martes, 14 de junio de 2016

Una casa en el jardín

Estoy escribiendo un poema sobre una sensación de desarraigo que viví hace unos años. Sobre la prevención intuitiva del desarraigo, en realidad. Al escribir estas líneas no sé si corro el riesgo de no escribirlo nunca o de iluminar un pequeño camino que me lleve a su umbral.
Cuando preparaba mi equipaje para viajar al extranjero siempre echaba un par de libros en castellano, libros que se ambientaban en el lugar al que iba, como las novelas de Jaritos y el barrio de la la Exarchia. Quizás, ahora que lo pienso, no tuve esa sensación en ningún momento ni en Atenas ni en Tesalonica, pero sí en Londres o en Dinamarca o en Finlandia. Pero invariablemente en mi bolsa iba el libro, en estos casos preferiblemente una novela o un libro de cuentos.
El cansancio de vivir en un mundo donde no entiendes la lengua me aturde aún ahora, me asustaba en realidad, verdadero pavor sentirme perdido en una realidad configurada en una lengua que desconozco. Así que esa era, entre otras, la razón de llevarme un libro que me acompañaba a todas partes y que en algún momento de agobio me adentraba en un jardín, jardínes hay en todas partes y en todos los jardines es frecuente ver a alguien leyendo, y sacaba el libro y por un rato volvía a poner los pies en el suelo y sentía que ese suelo es de nuevo tu hogar.

Comprendí que él lenguaje era mi casa o al revés, comprendí que mi casa es el lenguaje.