domingo, 6 de abril de 2014

El editor de nivolas




La otra noche pensé en el siguiente argumento para una novela o nivola. Está mi chica leyendo Niebla, será por eso que pensé en una historia en la que el protagonista es un editor, un hombre serio, concienzudo, o una mujer seria y concienzuda, apasionados los dos de forma desmedida, no demediada, al contrario, multiplicativa. Así que los puse a vivir (juntos, por separado, al gusto), le o les creé unas circunstancias, una edad, una familia y finalmente, después de otros detalles que no relataré por extenso, una casa. 

Así que al día siguiente cogí un taxi, le di las señas al conductor y después de un largo trayecto llamé a su puerta.

miércoles, 12 de marzo de 2014

sábado, 18 de enero de 2014

El club de los libros secretos




Hace unos años creé una sociedad secreta, de la que obviamente no puedo dar más datos porque dejaría de ser secreta y hasta la fecha no me consta que siguiendo ninguno de sus estatutos también secretos se haya disuelto. Secreta y mía, esa sociedad se encargaba o encarga aún hoy día de animar literariamente la ciudad. Es también subterránea, cultura clandestina y secreta, subterránea e imposible, pero posible en un mundo de senderos que se bifurcan.
La culpa de que existiera esta sociedad y de que organizara estas cosas tan extrañas pero posibles habría que atribuírsela al propio Jorge Luis Borges o a Cortázar o a ninguno de los dos o a Alberto Manguel, al que tuve la ocasión de conocer en Cartagena hace seis o siete años con motivo de la sesión de apertura de una edición del premio Mandarache. La historia, o la no historia, porque los libros de historia no suelen recoger hechos clandestinos de sociedades secretas, consistía en una apropiación o relectura de esa frase de Borges. En alguno de esos senderos convinimos los miembros, o miembro o comisión secreta, que se podrían realizar las conferencias, las lecturas, los recitales protagonizados por autores que por motivos que sólo se avenían de una forma nimia a la imposibilidad física no se habrían realizado en el plano más realista de ese mundo. Decesos, fallecimientos inoportunos, que no iban a privarnos de escuchar a Octavio Paz o al propio Jorge Luis Borges en nuestra pequeña república subterránea. 

Así que un día sin más empezamos a concitar a un publico curioso a dichos actos con carteles que aparecían por las calles de una u otra ciudad con textos que más o menos venían a decir: Conferencia de Marcel Duchamp. Siete de la tarde. Cafetería Los libros secretos. Fernando Pessoa y la poesía actual portuguesa, asistirá al acto su mentor Alberto Caeiro. Cómo amar a Glenda. Ocho de la tarde, cafetería Lo imposible, taller de escritura impartido por Julio Cortázar… 

Pero como sucede con todas las buenas ideas, chocamos con la incomprensión de un grupo más o menos académico de hiperrealistas, que aceptaban que por puro error cronológico no se hubieran podido celebrar estos actos, pura e insignificante cuestión de tiempo. Esa incomprensión hizo que las convocatorias fueran cada vez más sutiles y cada vez más secretas a aquellos que no querían ni pensar en algo que repudiaba a sus razones bastante atrofiadas por el empirismo y el puro dato constatable. Y surgió una sutil inquisición que deterioraba los carteles, los solapaba con publicidad de conciertos de, por ejemplo, Shakira o Carlos Baute, con carteles de políticos engordados y demacrados después de unas semanas al sol, pero precisamente eso fortaleció nuestra determinación, ya éramos bastantes e incluso empezaron a oírse voces discordantes en las secretas reuniones, pero todos, y en esto sí que había unanimidad estábamos determinados a continuar exhumando a quien hiciera falta y cuando lo hiciera. Como Antoine de Saint-Exupéry con su ovejita empezamos a esconder los carteles dentro de cajas que no necesitábamos destapar para conocer su contenido, la información que su abultado cuerpo de cartón ocultaba. Llegamos, en un giro curioso de apropiación indebida, a aplicar este método a escritores completos, ocultos detrás de un conferenciante anodino y gris. Acudíamos y ocupábamos las primeras filas, sin reconocernos, sin darnos a conocer entre nosotros como miembros de un club secreto, hubiera sido embarazoso saludar de una manera cómplice a alguien que no hubiera sido tan cómplice y que sólo hubiera advertido en nosotros a un antiguo compañero de carrera, demasiadas explicaciones, demasiadas pistas a la inquisición. Mientras el conferenciante leía de forma gris o roja o anaranjada sus apuntes, sólo nosotros sabíamos ver lo que había detrás, quién se escondía solapado por aquel contorno y sólo nosotros sabíamos entender lo que en realidad debíamos de estar escuchando en lugar de aquello que para todos era el discurso real. 

Próximos eventos: 
Rilke. Café de los Libros secretos. Conversaciones con la esencia. 
Critícame. Conferencia por T.S. Elliot. Salones de la Editorial Murciana. 
De jóvenes atletas, Lectura de A. E. Housman. Café-Librería. 
Encuentros con Juan Gelman
Recital de Miguel Hernández en el Café Laboral. …

lunes, 30 de diciembre de 2013

Cuento de navidad

Pongo la tele y pienso: si yo fuera presidente de un gobierno de un país (pongamos, por ejemplo, España) y tuviera que ver todos los días estos informativos tediosos y llenos de tópicos que se repiten año tras años, no me sentiría muy orgulloso, aunque debiera parecer lo contrario, vuelvo a pensar, al ver tanta llamada a la solidaridad, a la benevolencia de los que atienden los comedores sociales, a la caridad de los que recogen alimentos en estas fechas sobre todo, donde casi siempre se ha disfrutado de la vanidad copiosa, tanta llamada a la fraternidad, a los propietarios de bares que ofrecen menús proletarios (aunque deberían llamarse de aspirantes o cesantes de la condición proletaria), a los que recogen juguetes para todos los niños, a los que no ya sientan un pobre a su mesa, sino a los que en su pobreza extrema van buscando una mesa que los acoja, a los millones (que se dice pronto) de parados, al veinte por cierto de jóvenes que pueden emanciparse y al ochenta por cierto que tienen que seguir viviendo en casa para aunar esfuerzos y llegar a mitad de mes... 

 Pues eso, pienso -también es un decir-, (e iré terminando, porque de lo contrario ni dios va a leer este cuento de navidad) que si yo fuera presidente de un gobierno de un país de un continente cualquiera, se me caería la cara de vergüenza al ver a sus ciudadanos teniendo que recurrir a ablandar el corazón del pobre Ebenezer Scrooge para sobrevivir, porque nadie velará por los ciudadanos de a pie, nadie nos rescatará, nadie nos dará un descubierto o trazará un plan coherente de gestión para el bienestar de nosotros, esa mayoría silenciosa, como me gustaría decir, si fuera presidente del gobierno de un país de un continente cualquiera, de lo que hemos dado en llamar burdamente seres humanos.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Un poema

Escribí un poema una tarde en Verona. Estábamos en una mesa de un café en una plaza bulliciosa con puestos de colores y de mercado. Recuerdo que tú me mirabas a través del objetivo de una cámara. Era una cámara violeta que yo te había regalado. "El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas;/ es ojo porque te ve", dijo Machado, Antonio.

Ahora releo el poema en silencio y me doy cuenta de que el poema estaba en todo lo que entonces no vimos que era el poema. Esta noche el silencio arde y sus palabras consuelan.

lunes, 28 de octubre de 2013

Te envidio o no

Como a muchas cosas, llegué tarde a Lou Reed. Y yo no sabía si estaba bien o estaba mal llegar tarde a Lou Reed, pero a mí me gustaba, era como esas cosas que dan vergüenza y orgullo a partes iguales, como una mano en el bolsillo que toca más allá del propio bolsillo, ya me entendéis. Así que sin saber si debía darme gusto o disgusto pero decidido a complacerme escuché todo lo que cayó en mis oídos -eran épocas en las que no existía internet (o existía en otra parte)-.

Así que con esa duda, la del placer privado, coincidí un día con Juan De Dios García que me dijo que me envidiaba. Joé, pensé, hay otros peor que yo, porque, me dijo, tú puedes sentir esa emoción de escuchar por primera vez a Lou Reed.

 A las pruebas me remito. Y si todavía no has escuchado a Lou Reed, pues eso, yo también te envidio.

sábado, 26 de octubre de 2013

Donde tú vives no hay ventanas


Donde tú vives no hay ventanas. Doce de los científicos encuestados y procedentes de los estados más meridionales del país lo han podido comprobar en sus propias carnes. Tras recorrer la tapia y adentrarse en el patio y alcanzar la parte trasera de la casa, pudieron observar con asombro que no sólo no había ventanas sino que de poder haberlas no dejarían ver por igual el exterior y el interior. Así, conjeturaron, que sólo se habría podido hacer especulaciones sobre lo que pudiera suceder en el interior.

Ahora estoy sentado en el sofá viendo la segunda parte de Los cazafantasmas. Y no he podido evitar la tentación de decirlo con palabras para que si alguien consigue llegar hasta tu casa lo sepa y no se obstine en pasar una y otra vez bajo tu ventana para que lo veas y te apiades de sus deseos.