lunes, 20 de junio de 2016

Hoy en La Verdad

Bueno, pues eso, que Antonio Arco me ha entrevistado en La verdad, la otra, la de papel.

http://www.laverdad.es/murcia/culturas/libros/201606/20/trabajar-jovenes-alas-20160620003712-v.html

martes, 14 de junio de 2016

Una casa en el jardín

Estoy escribiendo un poema sobre una sensación de desarraigo que viví hace unos años. Sobre la prevención intuitiva del desarraigo, en realidad. Al escribir estas líneas no sé si corro el riesgo de no escribirlo nunca o de iluminar un pequeño camino que me lleve a su umbral.
Cuando preparaba mi equipaje para viajar al extranjero siempre echaba un par de libros en castellano, libros que se ambientaban en el lugar al que iba, como las novelas de Jaritos y el barrio de la la Exarchia. Quizás, ahora que lo pienso, no tuve esa sensación en ningún momento ni en Atenas ni en Tesalonica, pero sí en Londres o en Dinamarca o en Finlandia. Pero invariablemente en mi bolsa iba el libro, en estos casos preferiblemente una novela o un libro de cuentos.
El cansancio de vivir en un mundo donde no entiendes la lengua me aturde aún ahora, me asustaba en realidad, verdadero pavor sentirme perdido en una realidad configurada en una lengua que desconozco. Así que esa era, entre otras, la razón de llevarme un libro que me acompañaba a todas partes y que en algún momento de agobio me adentraba en un jardín, jardínes hay en todas partes y en todos los jardines es frecuente ver a alguien leyendo, y sacaba el libro y por un rato volvía a poner los pies en el suelo y sentía que ese suelo es de nuevo tu hogar.

Comprendí que él lenguaje era mi casa o al revés, comprendí que mi casa es el lenguaje.

lunes, 23 de mayo de 2016

Filemon y Baucis, Murcia, 2016

Ayer tuve una de esas conversaciones extrañas que a veces la vida propicia sin tener muy clara su intención. Aprovechando la tarde y como era especialmente calurosa bajamos al parque pero no fuimos al de siempre sino a uno algo más alejado, más pequeño, con unas acacias que dan sombra dispar pero que se mecen con el viento y acrecientan de esa manera la sensación de placer. Es un jardín pequeño con varias palmeras, una decena de moreras y algún olivo. Estaba en un banco del parque jugando con mi hijo a eso de hacer teatro con unos muñecos de Pepa Pig, Papá Pig y George.

La vi llegar desde lejos, era una vecina mayor, vestida de gris, como todas las mujeres de cierta edad en España, que abandonan el color para vestirse de negro. Me llamó la atención el hecho de que iba vestida con cuatro o cinco capas de ropa pese al calor. Detrás de una gafas de pasta oscuras se escondían unos ojos amables, se sentó a mi lado, sacó una bolsa con flores que había ido cortando por los jardines y me fue dando las más vistosas. No sé por qué esa tarde se puso a hablarme con una proximidad inusual, sacó su cartera y me enseñó las fotos de sus nietos, uno médico y otro militar, también la foto de su marido y la besó. Cómo lo echaba de menos, cuarenta y siete años juntos hasta que hace tres años se murió. Él, como uno de esos personajes de la mitología, como en Filemón y Baucis, le había dicho que no quería vivir si ella moría, que, me dijo, no tenía sentido seguir viviendo cuando el otro faltara. Yo pensé en Raymond Carver y en ese poema en el que piensa que es él, enfermo de cáncer, el que sobrevive a su esposa, Tess Galagher, porque lo contrario le parecía muy doloroso. A veces, me dijo, saco su foto y la pongo ahí donde tú estás, y le hablo como te hablo a ti ahora mismo.

lunes, 4 de abril de 2016

Machadiana





La lluvia en los cristales
dibuja ideogramas.

Es un telar de nombres
entre los que podría estar el nuestro.

Breve caligrafía
de una tarde de lluvia.

lunes, 21 de marzo de 2016

Frankenstein


Para que sea Navidad has puesto el Oratorio.
En la cocina o en salón tal vez,
Tu hijo repite ensimismado las palabras
Que aprende de los labios de su madre,
Ensimismado, aun cuando el lenguaje
Es un límite que se toca con los otros,
Tal vez por eso ella lo dota de sentido
Y musicalidad, para que entienda
La ternura en sus actos, y también el horror
Que está en el límite de sus palabras.

 Ahora oyes su risa entre el fraseo
de Johann Sebastian Bach, escuchas,
Prestas oído a lo que oyes
Una emoción no exenta de sentido religioso,
Pero que habla del hombre, del exilio,
De la huida, del miedo, del derecho
Y de la dignidad.

 Hay luces de colores que parpadean en el árbol.
La atmósfera que envuelve la lección
es cálida y amable.
Noventa años después de que el maestro
De Eisenach, muerto en Leipzig, compusiera
Esta música, al otro lado del salón,
En la verdad austera de un cuarto frío,
Alguien está escuchándola, y no eres tú,
Es la criatura la que sigue atentamente
La clase, la que con esmero intenta
Entender las palabras y también su cadencia.

De ella dependerá nuestro perdón.

Inédito del libro Poemas con mi hijo.

sábado, 5 de marzo de 2016

Adentrarse

Estuve dos años leyendo Cartas de cumpleaños de Ted Hughes, viajé con la joven pareja por Europa, América o España, por la cordura y por la desesperación, durante dos años, leí pausadamente esos fragmentos de biografía, aceptando la complicidad de entender que en realidad se trataba de un texto literario que se rebelaba a esa condición, dos años reconociéndome unas veces en la voz de Ted Hughes, otras en las acciones de Sylvia Plath, joven, poderosa, frágil. Ahora  he leído Una pena en obsevación de C.S. Lewis, otra manera de adentrarse en el dolor. No había visto la relación tan obvia entre los dos libros hasta el momento de ponerme a escribir. Qué diferencias también entre uno y otro, el análisis a fin de cuentas del hecho relativamente parecido de la pérdida y de la asunción de ésta, y qué diferente la forma de hacerlo. En C.S. Lewis la frialdad inicial, el bloqueo emocional aparente del escritor se va volviendo poco a poco en una extraña comprensión que es la del convencimiento de la razón. Aún no asumiendo los presupuestos religiosos del autor, termina uno emocionándose, poniéndose en su piel y entendiéndolo a través de la observación y el análisis. En el libro de Ted Hughes sucede algo similar pero los caminos son totalmente diferentes o al menos eso me parece a mí.

Dos años leyendo Cartas de cumpleaños, uno de esos libros que necesita su tiempo, ir devanando poco a poco el hilo para deshacer el sudario con el que la edad ligera nos envuelve. Dos años de aventura, de complicidad, de perplejidad también para veinticinco años de escritura. Ahora cuando lo veo en la estantería, en la hermosa edición de Lumen, noto la reciprocidad, como si durante dos años alguien hubiera igualmente estado leyendo en mi interior.

Y ahora, casi dos años después de que Nuria me lo hubiera regalado, le toca el turno a la poesía completa de la poeta de Amherst, de la que había leído una selección publicada en visor y la hermosa y breve antología, creo, que de Nórdica o el libro de Poemas a la muerte que le regalé a Diego. Y sé  con una extraña clarividencia que Emily Dickinson y yo andaremos un tiempo juntos.

lunes, 29 de febrero de 2016

Poesía popular


Le escuché al maestro José Agustín Goytisolo la última vez que vino a Murcia, apenas unos meses antes de su muerte, mientras leía sus poemas bajo la luz de un flexo que iluminaba el humo de un cigarrillo que se consumía en un cenicero que le traje dios sabe desde donde, que para él una de las cosas más hermosas que podría sucederle como poeta sería que sus versos circularan de boca en boca au que no se supiera quién los hubiera escrito. Así, con esa sencillez, nos enseñaba, en el aula de Poesía de la Universidad de Murcia, una lección de humildad. Pues eso, que llevo unos días encontrando mis versos dispersos por el mundo en boca de jóvenes que los repiten, seamos modestos, no hasta la saciedad, pero sí suyos. Y me hace muy feliz. Gracias.