sábado, 11 de abril de 2015

Sobre La sangre de Andrés García Cerdán


De Andrés García Cerdán ya sabemos muchas cosas. Ha publicado los poemarios Los nombres del enemigo, Los buenos tiempos, La cuarta persona del singular, Curvas y Carmina. Es un culico de mal asiento, como diría mi madre. Ha participado apasionadamente en todo aquello en lo que ha creído como la revista Thader, la banda de punk-rock (no sé por qué se define así en la solapa del libro, pero así aparece) Leñadores o ha formado parte de ese estupendo festival llamado Fractal Poesía. El libro La sangre ha sido publicado por Valparaíso ediciones. Obtuvo el II Premio Internacional de Poesía Ciudad de Almuñécar y lleva una portada de Carmina Ramírez. Y no es un libro sorprendente, al menos para los que estamos ya acostumbrados a la poesía de Andrés García Cerdán, porque sabemos lo que lleva entre manos y la calidad y el compromiso de lo que hace. Este libro conjuga por partida doble algo que ya me llamó la atención desde la época en la que nos reuníamos en el cafetín árabe de la Plaza de las Flores para perpetrar, junto a Cristina Morano, Antonio García Jiménez, Joaquín Baños, Ángel Paniagua, etc., la revisa Thader. Se trat de un sentido rotundo de la forma, del conocimiento de los aspectos formales, incluso más clásicos, como vertebración del contenido, con una modernidad rabiosa, a flor de piel, vivida con una autenticidad que aleja cualquier impostura, que quema, y que como muchos poemas de este libro, necesita del fuego. El libro consta de varias partes, simplemente numeradas. Es la primera parte donde aparece con más profundidad esta necesidad del fuego. Los juegos de similitud con la sangre se devanan a lo largo del poemario, la sangre como símbolo o imagen de vida, de dolor, que vive con la fiereza del tigre o la sangre como fuego. Es esta relación la que a mí más me ha impactado. El fuego aparece en estos poemas iniciales como un punto de inflexión en la realidad, un cambio sustancial en la naturaleza de las cosas, pero también es a la vez una actitud vital, una energía que fluye en las cosas desde el origen. No sé por qué al leer el libro y al escribir estas palabras, me viene a la cabeza un verso de John Ashbery, en el que desde muy lejos alguien o algo viene corriendo, y no creo que sea una asociación puramente desde el juego de palabras con la ceniza, porque hay en el libro de Andrés ese sentido de la sangre, del fuego que fluye desde el inicio pero que es ahora cuando arde y cuando se convierte en consumación, momento pleno y a la vez carpe diem, porque como experiencia el fuego es un límite. Es un momento pleno que lleva implícito su final aparentemente contradictorio, pero necesario, de ahí el carpe diem, la urgencia de salvarlo para que el tiempo no lo ensucie, aunque ese nosotros, donde convive el escritor y el lector, nada hace, porque es la propia naturaleza del fuego la que dicta el poema. Hay además una comparación voluntaria, que aflora en varios momentos del libro, entre el fuego y el lenguaje en cuanto límite de la experiencia. El fuego también da visibilidad a lo oscuro, convierte la madera en luz, que se consume, haciendo valioso ese momento fugaz de revelación. Pero el libro no se quema, fluye, pervive, se serena en la segunda y tercera parte. Comparte una experiencia más sosegada del mundo, más intelectual, más referencial. Y también se agradece, porque es la compensación y un consuelo de las cenizas.

jueves, 26 de marzo de 2015

La noche del incendio

La noche del incendio es una canción de Christina Rosenvinge de su disco La joven Dolores. También es el título de mi nuevo libro que intenta ser como el disco de Christina un objeto de placer, de ese placer que entra por los sentidos y se queda en la mente, que se disfruta o se devora o ambas cosas a la vez, porque no son contrarias ni incompatibles. Un libro para relamerse.

En él, además de mi infinito agradecimiento a Christina Rosenvinge,  hay otros. Hoy traigo los dedicados a Clara Janés, Anne Carson, Kathlee Raine, Louise Glück y Olvido García Valdés, por incendiar las páginas de este libro.


La noche del incendio estará en las librerías a partir del lunes 30 de marzo. 
Habrá en breve varias presentaciones de las que iré dando cuenta por aquí.



lunes, 16 de febrero de 2015

Sábado


Me he sentado a la mesa
-en la cocina-.
Dejo que pase el tiempo,
que sus migas de pan resbalen por mis dedos
hasta el mantel azul.

Tú no lo sabes, pero te espero.
Paso las páginas de un libro.
Es el amor. Escampa
la luz del sábado por la ventana.
Hace un rato tan sólo era la luz del jueves
y tú seguías sin llegar.
Algo ha cambiado,
porque todos los libros
que hablan de amor se empeñan
en hablar de nosotros.
Pongo la radio distraído.
La luz de otro momento por el patio.
  
El recuerdo es también un acto de vigilia.
Suena una vieja melodía,
la tarareo como si estuvieras
a mi lado esperando a que te invite a bailar
con la cabeza puesta al ritmo de mi pecho,
de mi respiración.
Es un paso de baile a dos
por la cocina, mientras suena la canción
en la luz de este sábado.
Bailamos como si ya hubieras entrado
por la puerta, como si ya me hubieras
dado los buenos días y me hubieras
besado de esa forma extraña en la que tú
besas humedeciéndote los labios
con la lengua. Te cojo por el talle.
De las manos de Apolo me recuerdo,
de la mano de Apolo entrando en la belleza.


Del libro inédito La noche del incendio
de próxima aparición en Huerga & Fierro.

martes, 13 de enero de 2015

Presentación de Mal de José Daniel Espejo


Presentar a Joseda es una temeridad, es como presentar a la reina Letizia o a Risto Mejide, por poner dos ejemplos de la cotidianeidad folklórica cercana. Son los tres y por diversos motivos personajes de sobra conocidos. 

 Es una temeridad pero no es difícil, porque si hay una sensación que impere en el trato directo con Joseda es que todo es fácil o relativamente sencillo. Por seguir con ejemplos, tomarse unas cañas con Joseda es eso, estás en un jardín o en casa y hay cerveza y amigos y conversación, algo de música, alguna que, ahora puedes decírselo, no entiendes del todo y otra que te apasiona, se habla entonces de libros, no mucho de tías, proyectos, de cosas así que están todas contenidas en lo que sería la definición denotativa de la expresión tomar cerveza

 Es sin embargo una temeridad porque a estas alturas de la vida todos los que estamos aquí creemos saber quién es, lo vemos por la calle y lo reconocemos, le decimos hola Joseda, qué guapo estás hoy, dónde has dejado a los críos -si lo vemos de noche y es tarde-, y él nos devuelve el saludo y nos habla de la canguro y cosas así. Todos al final nos hemos hecho una imagen de Joseda que si no se acomoda a la realidad del todo sí a la necesidad que tenemos de forjar nuestra propia realidad con cosas cercanas e inteligibles. Al final presentar a Joseda es como presentarle a unos padres, no freudiano, a su hijo, a una novia su novio, a un amigo otro amigo. 

 Pero Joseda es una realidad más grande que la que aparece en sus libros y que también se llama Joseda y ha vivido momentos muy parecidos a los que ha vivido el propio Joseda. Y viceversa. Son como ventanas sobre una realidad que aún mostrando mucho no puede alcanzarlo todo. Los placeres de la meteorología, Quemando a los idiotas en las plazas o Música para ascensores son sólo ventanas a una realidad de la que se nos muestra una parte involuntariamente sesgada. No hay premeditación, es solo una consecuencia de las leyes físicas. 

 Conocí a Joseda hace mucho tiempo, escribí un prólogo para su primer libro, contamos con su colaboración para nuestro fanzine La Casa subterránea, él nos pedía poemas para Oh, Poetry, iba a su casa acompañado de algún amigo o coincidía en la casa de ese amigo con él, leímos en Albacete con los de La isla desnuda, luego se fue de lector y vino y se casó y tuvo hijos, y creía saber quién era, pero sin embargo desde el mimos momento en el que lo conocí extrañamente también empecé a desconocerlo, empecé a extrañar a ese hombretón de patillas como bufandas y mirada inquietante.  El propio Joseda lo habría contado en las redes sociales de haber existido entonces, porque en ese espacio es muy generoso con su intimidad, nos dice esto y aquello y lo de más allá, nos habla de sus compromisos, de sus pequeños placeres, remueve conciencias, nos hace felices con su felicidad y humanos con su dolor, pero todo ese Joseda es un otro hasta cierto punto alienado para el poeta, como el poeta es un yo enajenado de ese Joseda, aunque se llame igual y nos hable de esto y de aquello y de eso otro de lo que ya nos habló antes, aunque compartan la biografía y los hijos y las ausencias. 

 He guardado en la memoria durante mucho tiempo algunos mensajes de Joseda. Sobrecogido. No sé ya si del Joseda poeta o del Joseda persona o de los dos o de ninguno. Nunca he sabido cómo se vale del lenguaje, que otros usamos para comprar el pan o para escribir un poema, para dejarnos heridos de verdad, de una verdad que es a la vez comunicación lingüística y emocional, portadoras ambas de una realidad nueva que antes no existía, sin saber dónde empieza una y termina la otra. Hay personas que cuando dicen que llueve, como es su caso, te traen el olor del ozono liberado de la tierra y la inquietud o la paz o el estremecimiento del vacío. 

 Conocer a Joseda sin duda es apasionante pero desconocerlo es una aventura. Todos creemos saber mucho sobre su vida, al menos, saber lo suficiente. Yo os invito a lo contrario, a que leáis Mal desde el extrañamiento y el desconocimiento y entonces tal vez, sin disociar necesariamente biografía de escritura, conozcamos algo más de un Joseda que hasta este momento se nos pasaba desapercibido.


9 de enero de 2015. 
Cafetería Ítaca.