sábado, 14 de septiembre de 2019

De los árboles



En Brieva (Segovia) La noche del incendio anda colgada de los árboles. Gracias a mis editores Huerga& Fierro.

miércoles, 26 de junio de 2019

Discurso de graduación bachillerato IES Marqués de los Vélez 2019

GRADUACIÓN 2 DE BACHILLERATO IES MARQUÉS DE LOS VÉLEZ 2019
Por Antonio Aguilar Rodríguez


Queridos alumnos y circunstancias,

Empiezo a escribir estas palabras en las páginas de cortesía de un volumen de poemas de Karmelo C. Iribarren, un poeta de la inquietud cotidiana, de cierto desencanto, de verso sencillo y directo, sin más retórica aparente que la de la vida, y me temo que su poesía, su lectura, va a impregnar lo que no puedo dejar de decir esta noche.

No ha sido fácil nada y si embargo tenemos la sensación de que todo sucede con normalidad. Hemos hecho un esfuerzo enorme para llegar hasta aquí, muchas horas de trabajo juntos, en equipo -al menos esa debería ser la idea-, días de estudio, de buscar estrategias para enseñar, para aprender. Y no solo este curso, también la ESO, todo el bachillerato,para llegar hoy aquí, a vuestro acto de graduación. Viendo vuestras caras de felicidad hoy cualquiera podría dudar de lo duro y lo difícil que ha sido el camino, pero no conviene que se nos olvide.

Aunque al principio pensé que lo sería, tampoco ha sido fácil encontrar el tono y el contenido de estas palabras,  pensaba en qué decir, qué responsabilidad asumir de entre todo lo dicho, y sobre todo a quién dirigirme, ¿solo a vosotros o también a vuestras circunstancias: padres, hermanos, profesores...? Además, y siendo sincero, un pensamiento recorre estas palabras, un pensamiento que podría concretar en  un “y qué sé yo de nada que os pueda servir o que queráis escuchar”. Tengo por primera vez, tras diecinueve años de docencia, la sensación de que estoy muy lejos de mis alumnos, de que mi mundo, mi forma de ver la vida y la vuestra cada vez están más lejanas, la sensación de que empiezo a no entenderos, un peligro que no debo soslayar.

La relación entre alumnos y profesores va cambiando con el tiempo. Hoy es totalmente diferente a la de hace, por ejemplo, diecinueve años, y ya entonces era a su vez diferente a cuando yo era el alumno. En mi vida, mis maestros, obviamente no todos, han sido importantes, y no tanto en los contenidos que me impartieron como en todo lo demás, en eso que no aparece en los libros y que a fin de cuentas es lo que uno más recuerda, lo que convierte a un profesor en un MAESTRO.

Hay tres momentos que quiero compartir con vosotros de forma breve y luego que cada uno saque sus conclusiones.

Hasta los diez años estudié en Santa Rosa de Lima, después terminé la antigua EGB en Sanje, una cooperativa que con los nuevos aires de la democracia intentaba concretar un mundo de ideas solidarias en un proyecto hermoso y diferente. Allí conocí a algunos de esos maestros que han sido capaces de seguir caminando a mi lado toda la vida, aunque necesariamente ellos no lo sepan. Antonio Caballero un día me sacó de clase y estuvo paseando conmigo entre los pabellones del colegio sin un propósito concreto. A mí me daba temor perder el autobús de vuelta a casa, no tanto el que me llevaba al colegio. Estuvimos hablando de muchas cosas, de que quería ser poeta, por ejemplo, e ingeniero, y al final, ya de vuelta me dijo, como si nada, “ah, y no te preocupes, si se te escapa el autobús, yo te llevo a casa”. Eso era justo lo que yo necesitaba entonces y él supo leer mi preocupación, y ofrecerme una solución clara y tranquilizadora.

De entonces también recuerdo otra conversación que tuve con José Luis, mi querido y alocado profesor de ciencias. Yo estaba molesto porque no me hacía mucho caso, se percató y aprovechando que me tocaba recoger los cachivaches del laboratorio aquella tarde,  me dijo, entre otras cosas, que si no me prestaba mucha atención era porque él sabía que yo al final saldría adelante pero que algunos compañeros de clase necesitaban toda su atención, porque de lo contrario sería muy probable que se perdieran.

Y quería terminar, recordando a María Dolores Ibarra, mi profesora de Lengua y Literatura en el IES Marqués de los Vélez, que llamó a mis padres para invitarlos a que dejara de estudiar si no iba a mejorar mi ortografía, pero como lo primero no iba a suceder tuve que trabajar duro para convertir en primer lugar las faltas de ortografía en dudas y finalmente en humo, en polvo, en nada. Ella me guió en mis primeras lecturas de poetas contemporáneos y me regaló el primer libro de un poeta vivo que ha sido fundamental para mí y que fue también mi profesor en la universidad.

Siempre que entro a una clase me acuerdo de mis maestros, ellos están conmigo ahí, me ayudan a ayudar a los que lo necesitan, a no equivocarme, al menos conscientemente, a despertar sus vocaciones y a exigirles lo mejor que puedan dar.  Es mi parte del trato, un compromiso ético con aquellos que me enseñaron. Y también un poco de hijo que no quiere faltar a las expectativas que han puesto en él.

Así que he terminado hablando de mis maestros, de mi relación con ellos, cuando lo que quería era hablar de rebeliones, de la necesidad de combatir contra las fuerzas visibles e invisibles que nos constriñen, que nos quieren estáticos, dóciles, sin evolución aparente. Pero observo que ese ya no es vuestro mundo, que tampoco lo fue al principio del todo mío, una visión romántica alentada por los primeros años de la democracia. Nos han ganado la batalla, a veces pienso, cuando os veo convencidos, dóciles. Estáis en el mejor momento de vuestra vida y me confunde lo que yo valoro, pero seguro que es otra cosa, como inconsciencia o pasotismo o directamente como conformismo. Me llama la atención que no tengáis una visión problematizada del mundo, que no sintáis mermadas vuestras oportunidades de una vida mejor por los poderes fácticos, por la desigualdad económica o por el capitalismo salvaje. Os sentís, aún en los diecisiete o dieciocho años, invulnerables, protegidos, siempre hay alguien para echaros una mano, para justificaros un descuido.

Hace unos meses alguien me explicaba que sí que erais combativos, comprometidos, conscientes de la realidad, de que sentíais cierto malestar, rabia, insatisfacción, pero que no teníais el más mínimo interés en compartirlo con nosotros, nos excluíais de vuestro mundo, ya que habíamos dejado de ser un referente para vosotros. Y desde ahí es muy difícil que trabajemos juntos, no ahora sino también en el futuro, va a ser muy difícil que estemos con vosotros en vuestras aventuras futuras y a mí me gustaría estar, no en todas, porque eso es imposible, pero sí en algunas, dentro de diez o tal vez veinte años, cuando alguien se acuerde de que esto me lo enseñó un maestro, de no sé qué materia, pero que me dijo que lo más importante era que nadie pudiera decirnos, especialmente nosotros mismos, que nuestra vida no ha merecido la pena, cada día, cada hora, dando lo mejor y aceptando también nuestras limitaciones y nuestras circunstancias.

“Tengo
Vvista cansada,
Las letras
Se me emborronan
Sobre la página.
Curiosamente ahora
Que empiezo a ver
con tanta
claridad
Tantas cosas...
Pero no hay gafas
Para esto.”,

dice Karmelo C. Iribarren en el libro de poemas en el que empecé a escribir este discurso.

Ojalá que este acto de graduación no signifique nada en vuestra vida, porque alcancéis cimas más altas y más importantes, por ejemplo, un empleo digno, un lugar entre los demás, una familia, cierto equilibrio que llamar felicidad, un máster, o una manera de devolver a la sociedad lo que la sociedad os ha dado.

Al final, no me agradaría tanto el aplauso como que os levantarais, que besarais a la persona que amáis, apretéis la mano de vuestros padres, salgáis corriendo a comeros el mundo, incendiando de envidia y de nostalgia a vuestros mayores, esos que no os entienden del todo, y entre los que ya me encuentro. Más que aplaudir, gritar, chascar los dedos, afirmaros ante el mundo y ante el cutrerío de la música moderna y las series que nos adocenan y ante los políticos y las imposiciones y el fortnite; antes que aplaudir leer poesía, agotar la copa del saber para que nunca nadie os diga lo que tenéis que pensar o hacer o deshacer; o simplemente que soñéis aunque sea en voz baja, en vuestras butacas, civilizadamente.

Queridos alumnos, Con ese aplauso de la rebeldía me doy por pagado, el otro, el que vamos a escuchar es solo para vosotros y para vuestras circunstancias.

Enhorabuena, churumbeles.  Feliz graduación.

viernes, 29 de marzo de 2019

Algunas fotos de la presentación de Canciones para el día de después en Expo-libro.
























Presentación de Soren Peñalver el 30 de enero de 2018








 Presentar un libro, y en concreto y especialmente, un libro de poesía, es un acto literario menor, pero que está motivado precisión, sinceridad ética y gusto efectivo por la obra de su autor, elevándose a sí a una categoría pretendida.

  Presentar a Antonio Aguilar Rodríguez, como poeta me es fácil, y no porque tengo yo una total conciencia de haber penetrado en complejidad del alma de su poesía, si acaso me es fácil porque en su amistad encuentro mucho de mí mismo. Por tanto, lo que de Antonio diga, y de su poesía, será, más o menos indirectamente, como una revelación de mí mismo.

  "Canciones para el día de después" que viene a integrar el quinteto poético de un gran poeta en su prematura madurez, es breve (27 poemas, apretados en su intimidad). Y, como dijo Octavio Paz de Luis Cernuda, la suya es la exposición de "una orgullosa, al fin de cuentas no desprovista de humildad".

  Un poeta, cualquier genuino poeta que se precie, necesita el barbecho que aparenta esterilidad. Antonio estuvo un largo espacio de tiempo en silencio (que a mí literariamente no me preocupó, aunque sí en lo emocional, porque le quiero). Desde "Allí donde no estuve" hasta la aparición de "La noche del incendio" (en esta misma editorial), porque el sesgo poético de Antonio ante la contemplación de las cosas, el trato con los seres y los momentos hermosos y trágicos de la vida, es emocional y escéptico en lo que es necesario. La palabra empleada por el poeta está revestida de belleza musical, de natural misterio, nunca de especulación evasiva. El sentimiento no es abstracto en el corazón de Antonio. Antonio como hombre y poeta ha sufrido como la mayoría de los mortales contratiempos, por así decirlo. Su gran pudor utiliza para expresar sus sensibilidad una sordina, una flauta exquisita. Su poesía, desde el principio (desde sus juveniles "El amor y los días" y "El otoño encarnado de Ives de la Roca" -Premio Antonio Oliver Belmás-, destinado a las nuevas generaciones, está ya alcance, y es historia de nuestra poesía en castellano. Y muchos de los grandes poemas de Antonio Aguilar Rodríguez están esperando y siempre a la espera de sus mejores lectores.

  Quiero cerrar mis palabras con un bellísimo poema tardía del admirado Wallace Stenvens, entre los poemas aparecidos a la muerte del poeta, en 1955, cuando ya su obra estaba publicada y cerrada. El título del poema ya es bello, más lo que dice su contenido. Lo citamos entero, dada su brevedad (nueve versos perfectos en inglés); en ellos identifico a Antonio y a mí mismo. Esta es mi versión en castellano de "A children asleep in its own life":

Among the old man that you know,
There is one, unnamed, that broods
On all the rest, in heavy thought.

They are nothing, except in the universe
Of that single mind. He regard them
Outwardly and knows them inwardly,

The sole emperor of what they are.
Distant, yet close enaough to wake
The chords abode yout bed to-night.


(UN NIÑO DORMIDO EN SU PROPIA VIDA

Entre los hombres ancianos que tú conoces,
hay uno, anónimo, que rumia
sobre todo el resto, meditabundo.

Ellos no son ninguna cosa, salvo en el universo
de esa sola mente. Él los contempla
por fuera y los conoce por dentro,

único emperador de los que son
a la distancia y todavía cerca para despertar
los acordes encima de tu cama esta noche)

Soren Peñalver

(Presentación del libro de Antonio Aguilar. Expo-libro. 30 de mayo de 2018)

Canciones para el día de después en elcoloquiodelosperros






(Imágenes de la presentación)

Hace unos meses, Diego Sánchez Aguilar, presentó Canciones para el día de después (31 de mayo de 2018) en La montaña mágica de Vicente Velasco en Cartagena. Posteriormente publicó la reseña en elcoloquiodelosperros de Ángel Manuel Gómez Espada y Juan de Dios García.


ANTONIO AGUILARCANCIONES PARA EL DÍA DE DESPUÉS
(Huerga & Fierro, Madrid, 2018)
por DIEGO SÁNCHEZ AGUILAR
         Antonio Aguilar poetiza en “Canciones para el día de después” el tema de la separación amorosa. No lo hace como un arrebato lírico de dolor que se manifiesta visceralmente en la escritura, sino con una intención reflexiva que pone en cuestión tanto la propia identidad como la necesidad o conveniencia de la escritura o poetización de ese doloroso hecho biográfico. El propio poeta, en el prólogo, aclara esta distancia sentimental del hecho poetizado: “Ahora a los cuarenta y pico años, lejos ya en el tiempo y en los sentimientos del hecho que propició su escritura urgente y necesaria (así, al menos, lo percibí), con una vida en feliz equilibrio, padre, amante entregado, me veo, sin embargo, tentado de nuevo a publicar estos poemas.”
         En el breve pero iluminador prólogo, también nos aclara el autor la ascendencia literaria de estos poemas, es decir, declara públicamente las influencias más directas a la hora de poetizar una separación amorosa, nombrando a Anne Carson, Margaret Atwood, Kathleen Raine e Isla Correyero: “La lectura de las primeras me legitimó para tratar este tema mientras que la reciente aproximación al libro Hoz en la espalda me dio la determinación necesaria para que ahora se publiquen estas Canciones para el día de después.”
       Pese a esa declaración, hemos de advertir que este es, claramente, un libro de Antonio Aguilar, y que esos referentes sirven más como excusa para “atreverse” a llevar la cuestión del divorcio o separación al terreno poético, que como una influencia directa de tipo estilístico o de tono poético.
       La referencia a Anne Carson, así como esa estructuración del poemario en partes marcadas por la distancia temporal, podrían hacer pensar que la primera (“Canciones”) parte estará llena de una emoción directa, desgarrada, narrativa (como la de “La belleza del marido”) y que es en el apartado “Década” donde aparece ya la reflexión serena apaciguada por el paso del tiempo sobre la herida. Pero no es así. Porque la actitud poética de Antonio Aguilar está (casi siempre) muy lejos de la de Carson. Predomina en él un tono siempre mesurado, que huye del desgarro y lo exaltado. Y, sobre todo, no hay apenas elemento narrativo, aparición de anécdota directa: el poeta elabora, convierte todo hecho biográfico en símbolo que brilla en el poema de forma universal, sencilla y profunda a la vez; más cerca de Machado y de Rosillo que de Carson.
          El poema-prólogo que se sitúa al comienzo del libro es muy ilustrativo de lo que acabamos de señalar: “Ya no hay belleza entre nosotros, / un erial, un jardín de invierno / con sus flores quemadas por el frío.// Esta ceniza es parca. / Sin elocuencia, el tiempo / dibuja trazos / deshilvanados.”
        Un primer verso que sitúa el presente como el tiempo de la negación y la ruptura (“ya no”) y que supone, por tanto, la negación del “nosotros”, del pronombre que une amor e identidad. Y, a partir de ese elemento directamente enunciado, biográfico y narrativo, entra el elemento simbólico: los espacios sin vida, dominados por el frío; la presencia del tiempo, como personaje protagonista, como sujeto (“el tiempo dibuja”) y, sobre todo, la idea de la ausencia de significado, de forma, el dominio de lo informe que será una constante en todo el libro: “trazos deshilvanados”. Si extraemos esos elementos simbólicos que el poema-pórtico presenta al lector, y buscamos su presencia a lo largo del poemario, veremos la fecundidad con la que operan. Además, tanto el primer poema (es decir, el siguiente al poema-pórtico) como el último introducen la figura de Orfeo. Esto convierte todo el libro y, por extensión, todo el proceso de la separación, en una especie de reverso de dicho mito. Mientras que en el “original” Eurídice muere y Orfeo, que no puede soportar la separación, desciende al Hades para rescatarla e intentar llevarla de nuevo al mundo de los vivos, en “Canciones para el día de después” nos encontramos con esta variación:   “Se levantó y apenas hizo ruido. / Arrastró su maleta hasta la puerta. / Un tropel de caballos negros cercenó / la luz de la mañana. / En esa luz sin alba / no fue capaz de descender al hades / detrás del sueño de una eurídice cualquiera.”
          Como vemos, este Orfeo abandonado no persigue a su Eurídice, que marcha esta vez por propia voluntad. Pero, pese a que no la siga hasta el inframundo, sí encontramos un espacio que se llena de elementos infernales, como si hubiera sido arrastrado tras ella hacia un mundo que no es, ciertamente, el de los vivos. Al final, en el último poema del libro, que hace referencia directa al primer poema citado aquí, Orfeo reaparece, podríamos decir que “victorioso”: no porque haya recuperado a Eurídice, sino porque ha salido del infierno: “Hace diez años / un tropel de negros caballos cercenó / la luz de la mañana.(...) //Las palabras dejaron de ser un círculo / para ser una línea recta. // En el jardín los perros daban caza / a las serpientes. // Orfeo sale de la noche. // Ahora igual que las palabras / la vida fluye en una dirección / que evita el círculo.”
          Si el infierno, según Dante, es circular, todos los poemas que anteceden, todas esas vueltas y recovecos en los que se intenta comprender, explicar, situar, serían los círculos infernales. Salir del infierno, salir de la noche, es romper ese círculo, buscar la línea recta. Es decir, buscar el futuro sin mirar, como Orfeo, hacia atrás, asumiendo que tanto Eurídice, como el Orfeo que desesperaba por encontrarla, ya no existen y pertenecen para siempre a esos infernales círculos que ya quedan atrás.
        Todo lo que queda entre estos dos poemas, es decir, el libro, sería, según este esquema mítico que propone Antonio Aguilar, un recorrido por un “hades particular”, por lo que la topografía simbólica de “Canciones para el día de después” es ciertamente infernal. Así, abundan los lugares sin vida, los espacios inhóspitos, antónimos de hogar. Parece querer decir que la pérdida de identidad es también la pérdida de los espacios donde se había construido una identidad ahora en crisis. Así, nos encontramos con el hotel hopperiano (“Imagina un paisaje sórdido, / una calle de extraños ventanales, / de ojos oblicuos.// Piensa en Edward Hopper” Habitación de hotel), el erial (“Las manos escarbaban / en un erial, en un baldío informe” Canción de los contrarios), la carretera en la que te pierdes tras ir por una autopista (“y ya es de noche y hace tiempo / que abandonaste la autopista.” Canción de la muchacha de provincias)...
            En la tercera parte, esos espacios de lo inhóspito e informe dan un giro hacia la reconciliación; así sucede con el solar en obras que, junto a la desolación propia de ese tipo de espacios, añade ahora, diez años después, la idea de la esperanza, de futuro, que pasa por la aceptación de uno mismo, del nuevo estado de la metamorfosis: “¿Qué te deparará este día?/¿Qué nueva y venturosa construcción / anidará en el solar?/¿Quién te amará que no seas tú mismo?
Imagen
         El frío es el ambiente simbólico que domina en el espacio de la ruptura porque supone la pérdida de la calidez del hogar, del nosotros. Para el poeta, la soledad no solo es inhóspita, también es fría (“Es como ir sobre un campo / agostando la nieve pura” Canción del frío) (“La luz de la mañana es limpia, / pero hace frío.” Las palabras eran el límite)
          Pero, al margen de esos espacios inhóspitos-infernales, el gran eje semántico y simbólico de “Canciones para el día de después” es el de la transformación, la metamorfosis. Como hemos visto antes, el mundo, antes amable, tras la marcha de Eurídice se transforma en infierno. Y todo, absolutamente todo, está tocado por esa idea de metamorfosis, porque ya nada es lo que era o nada es como era, tampoco el propio “yo poético”. Así lo vemos en el poema “Caracolas”, donde la caracola sufre una transformación de elemento musical a anuncio funesto: “Ya no guardaba la canción del viento, / era la boca desdentada del oráculo”. También ocurre con la nieve, que se transforma de belleza suprema en “río de agua turbia que se cuela por los sumideros”, incluso con un suéter (“Este ovillo de sombras / fue el suéter de tu vida.”)  En cierto modo, hay una transformación “original” que mueve y provoca todas estas metamorfosis de lo bello en lo terrible: la de Eurídice en el primer poema, que pasa de viva a muerta; de esposa de Orfeo a esposa de la muerte, de propia a ajena.
      Esos cambios están relacionados con el tiempo, otro elemento muy presente en este libro. El tiempo como protagonista, como dios que provoca esas transformaciones dolorosas, esas metamorfosis imprevistas, caprichosas: “Conmueve todo lo que cambia, / lo que tiene principio y fin y punto medio.” Esa presencia del tiempo como elemento divino, superior, que rige y transforma las vidas aparentemente estables y seguras de los mortales en un caos infernal, otorga a la separación un muy interesante componente trágico, que evita el juego de culpables y humanas miserias. La separación es trágica, inevitable, parece decirse, porque los humanos, la pareja, es un elemento pequeño, frágil, siempre a merced de “los elementos”. Es por esta razón por la que también el libro se llena de tormentas, de vientos, de todo tipo de elementos que simbolizan ese golpe ajeno, de la naturaleza o de los dioses, que arranca lo que parecía estable, que se lleva los tejados de las casas que parecían sólidos y dejan a los hombres en la intemperie: “(...) y la historia fue sencilla / y llanamente un vendaval donde las partes / ya no fueron un todo. / Y cómo no sentirse vulnerable, / cuando la primavera desbarata / los planes del verano venidero / y el verdor de unos tallos se malogra. / Qué poco pesan nuestras decisiones. / En el fondo tan solo celebramos / el mañana de un todo que es incierto / y que la propia nada olvidará / en una casa a las afueras del poema.” (Canción de los contrarios). En otros poemas el vendaval se transforma en tormenta (“Fue la tormenta, fue el cansancio, la desidia / y no fuiste capaz de presentirlo.” Canción del miedo).
         Y, sobre todo, en ese infierno que habita Orfeo, al que ha sido arrojado por el tiempo, por el vendaval, lo que predomina es la idea de la pérdida de identidad (“¿Quién no seré en la voz de las palabras?”), que se refleja poéticamente de muchas formas, pero especialmente en la presencia constante de la idea de “lo informe”, lo indefinido, así como en la idea de la desorientación.

           Si la vida con Eurídice era un espacio seguro, una línea recta en la que el futuro estaba siempre presente y siempre a la vista, la desaparición de Eurídice provoca una doble desorientación: no solo desaparece la línea recta del futuro, que se convierte en algo incierto e indefinido; también desaparece o se enturbia el pasado: todo debe ser repensado, redefinido (“No encuentras una forma para todo, / nadie podrá decir así pasó, / estas fueron las cosas que pasaron, / ya nunca más, / o al menos nunca más de esta manera.” Las palabras eran el límite). Hay, como en el poema titulado “La belleza del marido”, que contar, es decir, reinventar, la historia; crear a los personajes que la protagonizaron, con respeto, con distancia. Y esa distancia con quien se pensaba que era una mismo, y con quien se pensaba que era parte de un “nosotros”, es lo que produce la desorientación.
          Se pierden las coordenadas de la identidad, y entonces hay que crear un mapa, como en el poema “El mapa”: “De pronto tienes que construir un mapa”, es decir, volver a un mundo distinto, es decir, también, inventar, recrear un pasado y, sobre todo, crear un presente y un futuro: “Pero un mapa también / debe tener sus puntos cardinales, / no lo olvidas, un punto al menos / al que poder llegar, de noche / con los ojos cerrados / como quien vuelve a casa.
Imagen
Por eso, junto con la indefinición y la desorientación, la otredad, la sensación de que toda identidad es otra cosa, de que todo puede ser transformado, es otra constante: “Mi nombre era otro, / otra mi casa, /(...)otro mi amor / otro mi cuerpo, / la forma de mi entrega, / otro este yo, / la segunda persona, / la tercera, la cuarta.” (Canción del otro)
Como de la experiencia de la separación, Antonio Aguilar sale de este libro reforzado y redefinido como poeta. Es un gran libro, en el que se respira inteligencia, sensibilidad y originalidad en cada verso, en cada poema. Siempre con esa ausencia de estridencias típica de su poesía, que tanto en la celebración como en el dolor busca la armonía, la forma perfecta que apela a lo más noble del lector, que nunca infantiliza a sus lectores con exhibiciones sentimentaloides, sino que los eleva al lugar donde habita lo mejor de la poesía: (auto)conocimiento, contemplación, perplejidad, emoción, como demuestra, por ejemplo, este poema, titulado “La belleza del marido”:

De contar nuestra historia,
me dije, debes ser honesto, ser indulgente
en la medida en que esta
también es suya, la mitad que nadie
va a contar, la mitad de cada línea
que ahora duerme en otro cuarto
de otro poema de otro libro.

De hacerlo, dije, inventa un nombre,
una ciudad, escribe en la tercera
persona de los cuentos,
una distancia, dije, que te sea
si no un peso liviano al menos
una carga que puedas soportar,
sé indulgente con ella, dale el aura
de la inocencia, di que al menos
no supo lo que hacía.

lunes, 25 de marzo de 2019

Reseña de Defensa de las excepciones en elcoloquidelosperros



  LA CONCIENCIA DE LA DESINTEGRACIÓN
         Somos una excepción, la anomalía, el deseo de romper lo ordenado, de sorprenderse lejos de lo previsible. Cicerón dedicó su oratoria, elevada al arte de literatura, a defender la ciudadanía del poeta Arquias, en última instancia un esfuerzo por defender su identidad y definición en el mundo, o ante el mundo. Si Platón expulsó a los poetas de la república ideal, Cicerón lo restituye a través de la palabra. Defensa de las excepciones de Andrés García Cerdán es su Pro Arquias, una defensa de su búsqueda de identidad y por extensión de los miembros de una generación que se identifica con él, una búsqueda de identidad, que es en sí la propia búsqueda, la propia identidad, el propio movimiento, el desequilibrio, la acción.
        Ante el desmoronamiento lento del mundo, lo que sucede casi imperceptiblemente, nuestra vida —como parece desprenderse de la lectura del libro— es una flecha, signo del tiempo y del combate, una relectura particular del mito de Sísifo, porque esta flecha apunta a una diana, pero no la alcanza, porque la flecha es el presente, es la excepción del aquí y ahora. La búsqueda de la identidad, de la excepcionalidad, implica un peligro: «Los que huelen en el aire un peligro y lo celebran» (pág. 14, ‘Los otros’). Se inicia en un peligro y nos lleva a otro, pero como deseo, el deseo de estar vivo. Es una manera de ser, una forma oblicua de vivir.
 EL ERROR, EL DESEQUILIBRIO, EL CUERPO, EL LENGUAJE Y LA INOCENCIA
      Qué es la excepción: el error, la excepción como identidad, un acto de voluntad, la oposición a lo que no es excepción. El error como identidad y como refugio, la duda es parte esencial, la posibilidad de todo, la multiplicidad de lo posible, porque solo en esa búsqueda, en esa actitud cabe la inocencia, lo que nos salva, «lo más propio y sagrado que soy» (p. 12).
         El cuerpo es un tema central en esta búsqueda de la identidad, la puerta y la percepción a y de los otros. Vinculado con el cuerpo aparece la lujuria, el amor, la belleza del momento único, la íntima contradicción, tal vez Eros y Thanatos, también la sed, el deseo de beber de las aguas indómitas, salvajes. Es como la imagen de un caleidoscopio que gira para ofrecer una y otra vez la posibilidad de una imagen física de la vida (‘Los otros’). El poema ‘La estructura profunda’ es, quizás, uno de los momentos más reveladores de esta teoría del cuerpo como identidad. Y qué es el lenguaje sino una extensión del cuerpo, la lengua de Andrés como un sexto sentido, la propia defensa del lenguaje que configura fugazmente lo que está en la estructura profunda, «en ellas creo y soy un ser entero de palabras»:

LA ESTRUCTURA PROFUNDA

[Noam Chomsky]

Como el pescador hawaiano
que hunde su mirada
y sus manos de hombre en el océano
para leer
la estructura profunda del lenguaje,
para saber la dirección
y el sentido de las corrientes,
el movimiento 
del agua,
                   así el poeta,
así yo cuando pienso en ti,
cuando sumerjo
en ti 
mis manos y mi lengua.
         ¿Necesita el mundo nuestra conciencia para existir? En esta duda el amor es conocimiento, la tensión entre saberse y desconocerse, una vez más el movimiento, el desequilibrio como identidad, son frecuentes las alusiones al desequilibrio, a la tensión también entre el hybris y la sophrosyne entre los que vuela la flecha, al movimiento, al desequilibrio, al giro («que gire en sí misma y no caiga nunca y no toque tierra», p. 34). Descender, retornar como Orfeo, después de tanto tiempo.
         Esa orfandad de conocimiento, de una realidad estable, no es tanto intelectual como emocional, es el desequilibrio lo que convierte en este libro el desconocimiento en un estado emocional de orfandad y anhelo de AMOR, y este estado de orfandad no se repliega a la inactividad o la inacción sino al combate, a la resistencia, a la defensa. No encontrará el equilibrio, porque la identidad es el movimiento, parece un descenso nihilista, un movimiento nihilista, pero no lo creo, pienso más bien en El mito de Sísifo, en la interpretación de Albert Camus, subir la piedra, moverse, intentar el equilibrio sabiendo que es un esfuerzo estéril, pero que es lo único que tenemos y como tal hay que celebrarlo.
        Y ahí aparece también nuestra inocencia, que es una luz eléctrica, la luz de un presente momentáneo, como las flores, otra luz, que nos acerca a los momentos más puros de salvación, a los momentos luminosos, por los que merece la pena subir la piedra, lanzar la flecha, moverse, correr como Dafne en ‘New Dafne’, «corre sin parar, / no dejes / de correr, no mires atrás, / huye otra vez, sacrifícalo todo» (y pienso también en Orfeo), «nadie / te alcanza, ni siquiera / quien eres / o quien una vez fuiste, / y sigue rompiéndolo todo / porque tienes miedo». Una esencia dinámica, que tiene la necesidad de definirse en cada instante, que no puede definirse, aunque lo deseara, con lo estable, no le sirve. Pero hay una isla en este viaje, la luz que caracteriza el presente, las flores del presente, símbolo de lo fugaz, del equilibrio puntual en el desequilibrio de la excepción que somos, la flor como el amor, y el amor como inocencia:

Así yo, si recuerdo a mi madre y su forma
de acercarse a las flores, como si les rezara,
como si ellas la oyeran. Me confieso —como ella--
el ser más delicado de este mundo y el más
antiguo de los hombres, pues busco la palabra
y en ella creo y soy un ser entero de palabras.
Defiendo esta excepción y, día a día, sueño
con ser algo más grande para alcanzarte a ti,
para alcanzar las ramas más altas del manzano.

          No sabemos si Arquias consiguió o no la ciudadanía romana, si los argumentos de Cicerón tuvieron su efecto en la realidad, pero nos queda, como en el vuelo de la flecha, su palabra, su defensa y su excepción.