lunes, 21 de marzo de 2022

Inspectores de hacienda


 Encima de mi casa hay un piso donde forman a un grupo de jóvenes para no sé qué de inspectores de hacienda. Suelen estar en la puerta fumando cuando vuelvo del colegio con mi hijo. No puedo dejar de pensarlo mientras paso entre ellos, qué crío quiere ser inspector de hacienda, qué ser humano en su más tierna infancia dice ingenuamente que quiere ser inspector ante la pregunta de un familiar que intenta congraciarse con él.

Los niños antes querían ser futbolistas, aún creo que quieren serlo, si su club gana, porque la intolerancia ante la frustración es otro de sus problemas, astronautas, médicos, maestros, bomberos, veterinarios, Rosalías y hasta psicólogos.

Algo ha tenido que cambiar para que estos jóvenes, que fueron niños no hace tanto, sonrían en la puerta de un edificio mientras fuman y brillan con esa vocación, si es que puede considerarse una vocación, tan edificante como es ser inspector de lo que sea.

La burocracia ha crecido en este jardín y el  espíritu de estos jóvenes la abona con la aspiración a un sueldo fijo y catorce pagas mensuales, gerentes de la calculadora haciéndole todo el día las números a los demás, porque eso hacen, como un charcutero -y esa sí que es una profesión hermosa, por ejemplo- que revisa la cuenta antes de darla por saldada.


martes, 26 de octubre de 2021

Esta tarde en la Universidad de Murcia

 


Martes 26 de octubre a las 18 horas.
Laboratorio de Medio Audiovisuales de la Facultad de Letras.
Dentro de las actividades de la IV Semana Cultural de La Facultad de Letras.




lunes, 7 de septiembre de 2020

Agua al sediento

 


Anoche a eso de la una de la mañana, noté que alguien tocaba la puerta de la reja. Teníamos la casa abierta y aunque la luz estaba apagada se vería el brillo de la tele. Me asomé algo contrariado y me encontré con unos adolescentes que de manera educada me pidieron una botella de agua. Balbeceé algo y me metí para adentro sin darles agua. Mi mujer, que tiene otras ideas que no siempre coinciden con las mías, me dijo no sé qué de darle agua al sediento y ya no pude conciliar el sueño, al menos durante la primera media hora. Así que esta mañana me he puesto a tomar unas notas mientras leía "Una vida de pueblo" de Loiuse Glück y he terminado escribiendo/esbozando este poema


Quizás esa renuncia,
no dar agua al sediento,
sea la nada,
no la metáfora
sino el vacío en sí,
no dar lo que uno
ya hace tiempo que no posee.

No sé si la cosa terminará aquí, yo de momento, por si pudiera redimirme, y sin gustarme lo que he descubierto de mí, ya he preparado una botella de agua fría y unos vasos

jueves, 3 de septiembre de 2020

Basilio Sánchez en la Pequeña caja de tormentas

 



Hace trece años empecé con mi pequeña cajadetormentas. Un blog de lecturas. En concreto el 28 de enero de 2007. El primer texto es un poema de Adam Zagajewski, luego "Ondas de radio", el hermoso poema que Raymond Carver dedica a Antonio Machado, Anne Carson, Martín Garzo, Carold Ann Duffy, Eugenio de Andrade, Pessoa, Natxo Vidal ("Maderas y carbones"), Esquilo, Robert Frost traducido por Juan Ramón Jiménez en "Música de otros" (Galaxia Gutenberg y Círculo de lectores)... y así hasta Basilio Sánchez.

Atesoro los poemas de Basilio Sánchez, igual que los de Antonio Cabrera, como uno de mis descubrimientos más intensos relacionados con una forma de mirar el mundo ética y filosófica, especialmente los árboles en la naturaleza, a los que puedo sumar últimamente también una relectura más detenida de Lorenzo Oliván, y ciertos poetas japoneses como Shinkichi Takahashi. Con permiso siempre del botánico Haskell y su "Las canciones de los árboles" y "En un metro de bosque", los dos publicados en Turner Noema.

Felicidad de estar en estos bosques en estado puro.

lunes, 31 de agosto de 2020

Aquí estuvo Kilroy

 



Kilroy pero en una balda de la librería de unos grandes almacenes, junto a un panel con remaches metálicos, quedaba un ejemplar. Suerte la mía que me he topado con un retazo de lo que vivió Clara Janés en Kampa y luego con esta aurora de Rafael Argullol, pero sobre todo me he visto -de hecho ahora mismo estoy viendo y seguiré en cuanto acabe con el bosquejo de estas líneas- con cómo un lector aprende con lo que lee, no para ser necesariamente mejor escritor, que es algo secundario, sino para ser mejor persona. Desde hace un tiempo he descubierto que la poesía es mi espacio de trabajo personal, mi yoga, mi saludo al sol de cada día y me emociono cuando veo que transito por un camino que otros, más sabios, ya empezaron a recorrer hace algún tiempo. Gracias,

Cerezas

 



Los cerezos siempre me han acompañado. Cuando era pequeño vivía en un barrio obrero a las afueras de Murcia. El delirio de un botánico, cada calle y cada plaza -replacetas, decíamos nosotros- llevaba el nombre de una planta. Nosotros vivíamos en la calle del romero, también estaba la calle de los alhelíes, de las gitanillas... Las plazas además daban cobijo en unas jardineras al árbol que les daba nombre. Mi casa daba a la plaza de los cerezos, donde además de un pino centenario y una palmera altísima, que posiblemente estaban allí antes de que se proyectara la urbanización, había una docena de cerezos jóvenes con sus ramas rojizas y sus flores blancas que acudían todos los años anunciando la primavera. Pese al clima del sur tan poco proclive para que este árbol dé frutos los daba y los críos nos colgábamos de sus delgadas pero flexibles ramas en busca de las cerezas. Qué sabor y qué recuerdos. Creo que Kiarostami aún no habría hecho su película.


Cherry blossoms de Marcela Duque.