miércoles, 26 de octubre de 2016

Historia de un papiloma


Alguien va al médico de cabecera de la seguridad social. Le mira el pie. Tiene un pie bonito, como es temprano aún no están muy sudado. Huele a gloria, la verdad. Ese alguien ha esmerado su higiene porque enseñar el pie no es cosa banal, aunque aprecia que al descalzar su extremidad y desprenderla del calcetín no le habría venido mal un poco de atención al rasurado de las uñas. Pero con todo, valora que su estado es aceptable. Mantiene el pie en alto, la planta orientada al facultativo. La observa. No se atreve a tocar, a lo sumo con uno de esas tablillas de madera con las que los facultativos del mundo creen que pueden animar el corazón maltrecho de un niño después de una inyección -mucho mejor las piruletas, se lo aseguro-. Valora. Y después decide derivar a ese alguien, anónimo, pero de pies cuidados, al dermatólogo.
Y aquí empieza su odisea. En el mostrador de cita previa comprueba que alguien está sustituyendo a otro alguien, que obviamente no es el protagonista de este relato, porque no tendría mucho sentido, y que después de solventar varios escollos informáticos, le puede dar cita para el 23 de febrero. Acepta con normalidad esa cita, hasta que cae en la cuenta, y no es una cuenta pequeña. Sonrojado, porque no está acostumbrado a manifestar su malestar, pregunta por la oficina de atención al paciente, ya que el plazo le parece abusivo, y al otro lado del mostrador observa una mueca de incordio. Allí no existe eso, aunque este nuevo alguien que atiende al otro lado del mostrador, ha tenido que hacer varias preguntas para asegurarse. Finalmente se despacha, y con ello también despacha el texto, con un "pues esto es lo que hay".

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