miércoles, 26 de junio de 2019

Discurso de graduación bachillerato IES Marqués de los Vélez 2019

GRADUACIÓN 2 DE BACHILLERATO IES MARQUÉS DE LOS VÉLEZ 2019
Por Antonio Aguilar Rodríguez


Queridos alumnos y circunstancias,

Empiezo a escribir estas palabras en las páginas de cortesía de un volumen de poemas de Karmelo C. Iribarren, un poeta de la inquietud cotidiana, de cierto desencanto, de verso sencillo y directo, sin más retórica aparente que la de la vida, y me temo que su poesía, su lectura, va a impregnar lo que no puedo dejar de decir esta noche.

No ha sido fácil nada y si embargo tenemos la sensación de que todo sucede con normalidad. Hemos hecho un esfuerzo enorme para llegar hasta aquí, muchas horas de trabajo juntos, en equipo -al menos esa debería ser la idea-, días de estudio, de buscar estrategias para enseñar, para aprender. Y no solo este curso, también la ESO, todo el bachillerato,para llegar hoy aquí, a vuestro acto de graduación. Viendo vuestras caras de felicidad hoy cualquiera podría dudar de lo duro y lo difícil que ha sido el camino, pero no conviene que se nos olvide.

Aunque al principio pensé que lo sería, tampoco ha sido fácil encontrar el tono y el contenido de estas palabras,  pensaba en qué decir, qué responsabilidad asumir de entre todo lo dicho, y sobre todo a quién dirigirme, ¿solo a vosotros o también a vuestras circunstancias: padres, hermanos, profesores...? Además, y siendo sincero, un pensamiento recorre estas palabras, un pensamiento que podría concretar en  un “y qué sé yo de nada que os pueda servir o que queráis escuchar”. Tengo por primera vez, tras diecinueve años de docencia, la sensación de que estoy muy lejos de mis alumnos, de que mi mundo, mi forma de ver la vida y la vuestra cada vez están más lejanas, la sensación de que empiezo a no entenderos, un peligro que no debo soslayar.

La relación entre alumnos y profesores va cambiando con el tiempo. Hoy es totalmente diferente a la de hace, por ejemplo, diecinueve años, y ya entonces era a su vez diferente a cuando yo era el alumno. En mi vida, mis maestros, obviamente no todos, han sido importantes, y no tanto en los contenidos que me impartieron como en todo lo demás, en eso que no aparece en los libros y que a fin de cuentas es lo que uno más recuerda, lo que convierte a un profesor en un MAESTRO.

Hay tres momentos que quiero compartir con vosotros de forma breve y luego que cada uno saque sus conclusiones.

Hasta los diez años estudié en Santa Rosa de Lima, después terminé la antigua EGB en Sanje, una cooperativa que con los nuevos aires de la democracia intentaba concretar un mundo de ideas solidarias en un proyecto hermoso y diferente. Allí conocí a algunos de esos maestros que han sido capaces de seguir caminando a mi lado toda la vida, aunque necesariamente ellos no lo sepan. Antonio Caballero un día me sacó de clase y estuvo paseando conmigo entre los pabellones del colegio sin un propósito concreto. A mí me daba temor perder el autobús de vuelta a casa, no tanto el que me llevaba al colegio. Estuvimos hablando de muchas cosas, de que quería ser poeta, por ejemplo, e ingeniero, y al final, ya de vuelta me dijo, como si nada, “ah, y no te preocupes, si se te escapa el autobús, yo te llevo a casa”. Eso era justo lo que yo necesitaba entonces y él supo leer mi preocupación, y ofrecerme una solución clara y tranquilizadora.

De entonces también recuerdo otra conversación que tuve con José Luis, mi querido y alocado profesor de ciencias. Yo estaba molesto porque no me hacía mucho caso, se percató y aprovechando que me tocaba recoger los cachivaches del laboratorio aquella tarde,  me dijo, entre otras cosas, que si no me prestaba mucha atención era porque él sabía que yo al final saldría adelante pero que algunos compañeros de clase necesitaban toda su atención, porque de lo contrario sería muy probable que se perdieran.

Y quería terminar, recordando a María Dolores Ibarra, mi profesora de Lengua y Literatura en el IES Marqués de los Vélez, que llamó a mis padres para invitarlos a que dejara de estudiar si no iba a mejorar mi ortografía, pero como lo primero no iba a suceder tuve que trabajar duro para convertir en primer lugar las faltas de ortografía en dudas y finalmente en humo, en polvo, en nada. Ella me guió en mis primeras lecturas de poetas contemporáneos y me regaló el primer libro de un poeta vivo que ha sido fundamental para mí y que fue también mi profesor en la universidad.

Siempre que entro a una clase me acuerdo de mis maestros, ellos están conmigo ahí, me ayudan a ayudar a los que lo necesitan, a no equivocarme, al menos conscientemente, a despertar sus vocaciones y a exigirles lo mejor que puedan dar.  Es mi parte del trato, un compromiso ético con aquellos que me enseñaron. Y también un poco de hijo que no quiere faltar a las expectativas que han puesto en él.

Así que he terminado hablando de mis maestros, de mi relación con ellos, cuando lo que quería era hablar de rebeliones, de la necesidad de combatir contra las fuerzas visibles e invisibles que nos constriñen, que nos quieren estáticos, dóciles, sin evolución aparente. Pero observo que ese ya no es vuestro mundo, que tampoco lo fue al principio del todo mío, una visión romántica alentada por los primeros años de la democracia. Nos han ganado la batalla, a veces pienso, cuando os veo convencidos, dóciles. Estáis en el mejor momento de vuestra vida y me confunde lo que yo valoro, pero seguro que es otra cosa, como inconsciencia o pasotismo o directamente como conformismo. Me llama la atención que no tengáis una visión problematizada del mundo, que no sintáis mermadas vuestras oportunidades de una vida mejor por los poderes fácticos, por la desigualdad económica o por el capitalismo salvaje. Os sentís, aún en los diecisiete o dieciocho años, invulnerables, protegidos, siempre hay alguien para echaros una mano, para justificaros un descuido.

Hace unos meses alguien me explicaba que sí que erais combativos, comprometidos, conscientes de la realidad, de que sentíais cierto malestar, rabia, insatisfacción, pero que no teníais el más mínimo interés en compartirlo con nosotros, nos excluíais de vuestro mundo, ya que habíamos dejado de ser un referente para vosotros. Y desde ahí es muy difícil que trabajemos juntos, no ahora sino también en el futuro, va a ser muy difícil que estemos con vosotros en vuestras aventuras futuras y a mí me gustaría estar, no en todas, porque eso es imposible, pero sí en algunas, dentro de diez o tal vez veinte años, cuando alguien se acuerde de que esto me lo enseñó un maestro, de no sé qué materia, pero que me dijo que lo más importante era que nadie pudiera decirnos, especialmente nosotros mismos, que nuestra vida no ha merecido la pena, cada día, cada hora, dando lo mejor y aceptando también nuestras limitaciones y nuestras circunstancias.

“Tengo
Vvista cansada,
Las letras
Se me emborronan
Sobre la página.
Curiosamente ahora
Que empiezo a ver
con tanta
claridad
Tantas cosas...
Pero no hay gafas
Para esto.”,

dice Karmelo C. Iribarren en el libro de poemas en el que empecé a escribir este discurso.

Ojalá que este acto de graduación no signifique nada en vuestra vida, porque alcancéis cimas más altas y más importantes, por ejemplo, un empleo digno, un lugar entre los demás, una familia, cierto equilibrio que llamar felicidad, un máster, o una manera de devolver a la sociedad lo que la sociedad os ha dado.

Al final, no me agradaría tanto el aplauso como que os levantarais, que besarais a la persona que amáis, apretéis la mano de vuestros padres, salgáis corriendo a comeros el mundo, incendiando de envidia y de nostalgia a vuestros mayores, esos que no os entienden del todo, y entre los que ya me encuentro. Más que aplaudir, gritar, chascar los dedos, afirmaros ante el mundo y ante el cutrerío de la música moderna y las series que nos adocenan y ante los políticos y las imposiciones y el fortnite; antes que aplaudir leer poesía, agotar la copa del saber para que nunca nadie os diga lo que tenéis que pensar o hacer o deshacer; o simplemente que soñéis aunque sea en voz baja, en vuestras butacas, civilizadamente.

Queridos alumnos, Con ese aplauso de la rebeldía me doy por pagado, el otro, el que vamos a escuchar es solo para vosotros y para vuestras circunstancias.

Enhorabuena, churumbeles.  Feliz graduación.

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