
10 y 12 de la noche. Domingo. El avión realiza las primeras maniobras de aproximación al aeropuerto de Alicante. Origen: Liverpool. José Antonio consigue hablar en serio conmigo después de tres días. No es que yo no hable nunca en serio, al contrario, siempre lo hago, sino que de pronto el hilo sutil de los días se filtra en nuestra conversación. Dejo el libro de Manuel Vilas, Aire nuestro. El ruido del motor nos ha dejado algo sordos. Subimos la voz, pero con ese tono confidente de dos amigos que charlan de sus vidas íntimas. Sonreímos. Alberto, en la fila de al lado, donde María Jesús intenta leer y Fina sopesa los pros y los contras de seguir durmiendo, escucha con verdadera asunción del placer su ipop, sólo dios sabe qué música de qué músico alemán estará deleitando su mente de matemático humanista. Encarna hace rato que devana las páginas de una edición de bolsillo y Rocío piensa en qué hará el fin de semana que viene, cosas así que pasan por la mente en estos momentos de pasos perdidos.
La conversación se aviva pero después los dos comprendemos que ha llegado el momento de cambiar de tema. Agustín vuelve a ocupar su asiento, tiene la extraña teoría de que en los despegues y en los aterrizajes es bueno tener a alguien a tu lado, ya no sé si también sería conveniente, viendo como se acomete el aterrizaje, tener también la precaución de llevar el carnet de identidad entre los dientes.
De pronto se escucha una explosión.
La conversación se aviva pero después los dos comprendemos que ha llegado el momento de cambiar de tema. Agustín vuelve a ocupar su asiento, tiene la extraña teoría de que en los despegues y en los aterrizajes es bueno tener a alguien a tu lado, ya no sé si también sería conveniente, viendo como se acomete el aterrizaje, tener también la precaución de llevar el carnet de identidad entre los dientes.
De pronto se escucha una explosión.





