lunes, 4 de abril de 2011

De poetas y aviadores

Hace unos tres años subí a la caja de tormentas este texto que Santiago Gamboa publicó en Babelia. No sé por qué, pero hoy me apatece leerlo de nuevo:



La historia que me dispongo a contar es algo triste y, la verdad, no sé por qué voy a contarla ahora y no, por decir algo, dentro de un mes o dentro de un año, o nunca. Supongo que lo hago por nostalgia de mi amigo el poeta portugués Ivo Machado, que es uno de los dos protagonistas, o tal vez porque acabo de comprar una pequeña avioneta de metal que ahora tengo en mi escritorio. Disculpen el tono personal. Esta historia será excesivamente personal.


El protagonista número Uno es, como ya dije, el poeta Ivo Machado, nacido en las islas Azores, pero lo que nos importa es que en su identidad civil, la de todos los días, es controlador aéreo, una de esas personas que están en las torres de control de los aeropuertos y guían a los aviones a través de las rutas del cielo.


La historia es la siguiente: cuando Ivo era un joven de 25 años (a mediados de los ochenta) controlaba vuelos en el aeropuerto de la isla de Santa María, la más grande del archipiélago de las Azores, en mitad del Atlántico, equidistante de Europa y América del Norte.


Una noche, al llegar a su trabajo, el jefe le dijo:


-Hoy dirigirás un solo avión.


Ivo se extrañó, pues lo normal era llevar una docena de aeronaves. Entonces el jefe le explicó:


-Es un caso especial, un piloto inglés que lleva un bombardero británico de la Segunda Guerra Mundial hacia Florida para un coleccionista de aviones que lo compró en una subasta en Londres. Hizo escala aquí y continuó hacia Canadá, pues tiene poca autonomía, pero lo sorprendió una tormenta, debió volar en zigzag y ahora le queda poca gasolina. No le alcanza para llegar a Canadá y tampoco para regresar. Caerá al mar.


Al decir esto le pasó los audífonos a Ivo.


-Debes tranquilizarlo, está muy nervioso. Dile que un destacamento de socorristas canadienses ya partió en lanchas y helicópteros hacia el lugar estimado de caída.


Ivo se puso los audífonos y empezó a hablar con el piloto, que en verdad estaba muy nervioso. Lo primero que éste quiso saber fue la temperatura del agua y si había tiburones, pero Ivo lo tranquilizó al respecto. No había. Luego empezaron a hablar en tono personal, algo infrecuente entre una torre de control y un aviador. El inglés le preguntó a Ivo qué hacía en la vida, le pidió que le hablara de sus gustos y de sus sentimientos. Ivo dijo que era poeta y el inglés pidió que recitara algo de memoria. Por suerte mi amigo recordaba algunos poemas de Walt Whitman y de Coleridge y de Emily Dickinson. Se los dijo y así pasaron un buen rato, comentando los sonetos de la vida y de la muerte y algunos pasajes de la Balada del viejo marinero, que Ivo recordaba, donde también un hombre batallaba contra la furia del mundo.


Pasó el tiempo y el aviador, ya más tranquilo, le pidió que recitara los suyos propios, y entonces Ivo, haciendo un esfuerzo, tradujo sus poemas al inglés para decírselos sólo a él, un piloto que luchaba en un viejo bombardero contra una violenta tempestad, en medio de la noche y sobre el océano, la imagen más nítida y aterradora de la soledad. "Noto una tristeza profunda, un cierto descreimiento", le dijo el aviador, y hablaron de la vida y de los sueños y de la fragilidad de las cosas, y por supuesto del futuro, que no será de la poesía, hasta que llegó el temido momento en que la aguja de la gasolina sobrepasó el rojo y el bombardero cayó al mar.


Cuando esto sucedió el jefe de la torre de control le dijo a Ivo que se marchara a su casa. Después de una experiencia tan dura no era bueno que dirigiera a otras aeronaves.


Al día siguiente mi amigo supo el desenlace. Los socorristas encontraron el avión intacto, flotando sobre el oleaje, pero el piloto había muerto. Al chocar contra el agua una parte de la cabina se desprendió y lo golpeó en la nuca. "Ese hombre murió tranquilo", me dice hoy Ivo, "y es por eso que sigo escribiendo poesía". Meses después la IATA investigó el accidente e Ivo debió escuchar, ante un jurado, la grabación de su charla con el piloto. Lo felicitaron. Fue la única vez en la historia de la aviación en que las frecuencias de una torre de control estuvieron saturadas de versos. El hecho causó buena impresión y poco después Ivo fue trasladado al aeropuerto de Porto.


"Aún sueño con su voz", me dice Ivo, y yo lo comprendo, y pienso que siempre se debería escribir de ese modo: como si todas nuestras palabras fueran para un piloto que lucha solo, en medio de la noche, contra una violenta tempestad. -

martes, 29 de marzo de 2011

Si te comes un limón...

Foto de Harry Gruyaert

Lo descubrió el otro día. Lo hacen para que sea más fácil. Tú escribes las primeras palabras y ellos terminan, a veces es suficiente con las primeras letras, saben lo que quieres, a dónde vas a ir a parar, qué destino de vacaciones buscas, cuál es tu caja de ahorros, tu actriz porno favorita. Piénsalo, se dice, saben a dónde quieres ir a parar, y lo repite porque siente un escalofrío al decirlo. Pero él termina siempre de escribir lo que quiere escribir, por más que el buscador se empeñe en ofrecerle el atajo, el camino rápido. Sencillamente no quiere. Teclea cada una de las letras como si no pudiera existir esa realidad de no nombrarla él, dando su palabra de que eso es así. Si te comes un limón escribe y enseguida aparece sin hacer muecas.

Así que ha empezado una curiosa variación al escribir en joogle, y comete erratas, cambia las letras, se hace imprevisible. Escribe Si se coge un millón, por ejemplo, y espera. Cree que ha ganado, que ha encontrado la clarividencia frente al control del mundo.

Pero curiosamente, desde hace unos días apenas nadie lo comprende, en clase sus alumnos piensan que ha perdido la cabeza, los padres no entienden sus amonestaciones, el equipo directivo lo esquiva, su novia hace muecas de hastío al escuchar que ella, sólo ella es su ramo, su roma, su rama.

Pero él sabe lo que hace y cuando en mitad de la frase cambia la entonación o busca la palabra más imprevisible solamente él sabe lo que se lleva entre manos y sonríe, sonríe como si detrás de la risa estuviera el absurdo.

domingo, 20 de marzo de 2011

Escribir, andar con furia. Andar, escribir con furia.

Página manuscrita de un cuaderno de Robert Walser

Escribir con furia y andar. Robert Walser andaba. Dylan Thomas escribía con furia. Ni uno ni otro están vivos, pero los puedes recordar. Los puedes encontrar entre los libros de una estantería o entre las líneas de un relato. A Robert Walser que no quiso ser un héroe, un escritor mediático, a Robert Walser que andaba sobre la nieve como quien anda sobre un lienzo demudado. A Dylan Thomas, con la voz de Richard Burton en Under milk wood, a Dylan Thomas con su propia voz de energía telúrica en cualquier grabación sonora. Es fácil recordar a Dylan Thomas que murió en el Hotel Chesea. Borracho. A Robert Walser en el manicomio de Herisau. Cuerdo.

Andar y escribir con furia. Un ideario. Lo he visto con una claridad meridiana. Madrugar más, comer menos. Andar. Escribir con furia. Me levanto, me lavo la cara. Pienso en Robert Walser del que acabo de leer una reseña, pienso en Dylan Thomas, en un Dylan Thomas que se mira en mi espejo frotándose la cara, la barba áspera. DT mesándose los cabellos desordenados. DT apartándome de una forma ruda del váter, orinando, subiéndose de nuevo los pantalones. Andar. Escribir con furia.

Leo que a Richard Burton lo enterraron con un libro de Dylan Thomas, con su Collected poems, leo también que Bod Dylan tomó este nombre por Dylan Thomas y pienso también en Tom Waits, en el hotel Chesea. Leo que David Foster Wallace saca una nueva novela y tengo ganas de leer La broma infinita. Leo que Shelley murió ahogado con un libro de Keats en el bolsillo. Lo dijo Trelawny. Leo que hay fotos que documentan el último paseo de Robert Walser sobre la nieve, su cuerpo muerto sobre la nieve blanca.

Leo, escribo, ando al principio de todo, bajo el bosque lácteo de esta noche en que la luna está más cerca de todas las corduras.

martes, 15 de marzo de 2011

Biblioteca pública



Secuencia de El cielo sobre Berlín. Cinco minutos que merecen la pena.


El domingo me entretuve en la biblioteca. Busqué unos suplementos culturales, una revista con Tao Lin en la portada. Dios mío, qué aburrimiento. Dentro una serie de adolescentes que hacen crítica literaria con un "mola", los escritores viejunos", etc. (Tal es el tedio, que me entran ganas incluso de poner puntos suspensivos, saltándome las convenciones de la ortografía).

Pero no era de eso de lo que me apetecía hablar. Mientras ojeo varios cómic, uno de Robert Crumb, me acuerdo del primer poema de Charles Bukowski que leí en la edición, creo, de mitos de mondadori. Un largo poema sobre la biblioteca donde descubro algo sobre mí mismo. En el texto el escritor juega con títulos, como El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers, que leí sólo por la belleza de esas palabras en el largo poema de Bukowski, claro que también leí La senda del perdedor y otros libros que iban redescubriéndose a partir del minúsculo libro, apareciendo, mostrándose, como en un palimpsesto. Y todo a partir de un libro de poesía en un formato pensado para leer en los parques o en el transporte público. Libros y libros. Algo parecido a lo que hizo después la poeta Isabel Pérez Montalbán en Siberia propia, en un juego desesperadamente ingenioso.

Libros y silencio. Me senté recordando la mañana del sábado. La biblioteca estaba asediada por cientos de críos que corrían dislocados, obviamente, de un lado para otro, mientras sus padres hablaban en corros o contestaban a sus teléfonos entre la sección de novela y la de poesía, junto a la edición en bolsillo de los poemas de Bukowski. Y por primera vez en mi vida lo pensé, pensé que no todo era para todos, que sería mejor, pensé desconociéndome, que los llevaran a un campo de fútbol o a unos grandes almacenes -el espacio para el que están lamentablemente educados-, y que si, para desgracia de todos, se empeñasen en traerlos de nuevo a la biblioteca, res publica, hicieran un gesto sencillo, los enseñaran, los cogieran de la mano, mirando los anaqueles, viendo libros, buscando e incluso que alquilasen un dvd, que fueran el ejemplo, el guía que con el más sencillo de los ademanes -tal vez coger un libro- les estuviera abriendo las puertas de un mundo mágico al que hay que entrar en silencio, en el que hay que respetar el silencio de los demás, porque ese silencio está lleno de palabras.

Entonces podrían leer el hermoso poema de Bukowski, ese tío soez, o los ingeniosos artefactos de Isabel Pérez Montalbán. Y quién sabe, tal vez así descubrieran que público escrito después de un sustantivo no sólo significa que se pueda romper entre todos.

jueves, 3 de marzo de 2011

Completamente viernes

Otra imagen de Jan Saudek

Hoy te siento viernes todas las horas. Viernes por la noche. Como si la noche del jueves no existiera, como si las ordenanzas la hubieran prohibido. Imposible sentirse jueves por la noche, sentirse en mitad de la nada cuando dentro de unas horas hubiera que madrugar, sentarse frente al café, encontrar una línea de baldosas amarillas.

Complemamente viernes, y no ser Luis García Montero y no estar en Granada sino aquí, completamente tuyo.



domingo, 20 de febrero de 2011

Sobre la poesía




...La poesía de Borges, el paseo
de los tristes, los ángeles de Alberti,
la alfaguara de Lorca. Todo el tiempo
de Carver mientras muere, las historias
del corazón, las formas de Pessoa,
El labio de Vallejo, los sonetos
De Orfeo, Los Machado…



domingo, 13 de febrero de 2011

La revista Periplo


La revista Periplo acaba de publicar el número Ficciones: Excediendo lo real.
Una de esas páginas se ha convertido también en un espacio de pasos perdidos, en una esquirla de la república subterránea, gracias a Carolina Arrieta Castillo que se puso en contacto conmigo.