martes, 3 de febrero de 2009

A veces con solo mirarla

Foto de Richard Avedon

A veces me pregunto cómo empiezan las historias, dónde, en qué momento. A veces esta idea me atosiga, no en exceso, pero sí con esa constancia de las cosas que te acompañan durante toda una tarde con su peso liviano, un libro que no sabes dónde poner, las bolsas de una compra, el papel que no te atreves a tirar de ninguna manera a la calle.

A veces hay momentos en los que pienso, ¿y si no me doy cuenta? , ¿y si esa persona está ahí y pasa desapercibida?, ¿y si no sé interpretar sus gestos, sus palabras?

Es como en un poema de Eloy Sánchez Rosillo. Un muchacho mira desde la ventana de su habitación a una chica que pasea por la calle. Está indeciso, la observa. Ella pasa como en otra vida, como si la calle por la que transita no hubiera sido la misma calle por la que acabas de pasar tú, tal vez de vuelta de clase. E imaginas lo que podría suceder, lo que podría ocurrir entre vosotros si le dijeras algo, si tal vez chistaras o bajaras a la calle y te hicieras el encontradizo. Pero no haces nada y la chica se va y de pronto la noche cae con sus pesada carga.

A veces me pregunto cómo empiezan las cosas, dónde, en qué momento. Y sólo obtengo como respuesta el color de tus ojos y la extraña forma que tienes de decirme a todo que sí.

viernes, 30 de enero de 2009

Soñar con pájaros

Foto de Sol Mateo

Esta mañana he abierto de par en par las ventanas de mi habitación mientras hacía la cama. El mundo entraba a raudales, como un cauce incontrolable que se escapaba entre los dedos. Los coches con esa especie de lija, de rodamiento continuo sobre el asfalto y que si cierras los ojos recuerda al mar, los sonidos extrañamente metálicos de una obra cercana, las voces de algunas personas. Pero sobre todo entraba la algarabía de unos pájaros que revoloteaban entre los limoneros.

Vida, he pensado, esto es estar vivo. Y cuando estiraba las mantas, las aireaba para luego dejarlas caer sobre el colchón lentamente, intenté aprehender estos trinos, dejarlos ahí para la noche, como quien pone flores de jazmín debajo de la cabecera.

Tengo un amigo que dice que cada tres años uno se pone de moda, que no sabe por qué, pero que lo tiene comprobado. Es un pensamiento, cuanto menos, falto de toda base científica y difícil de comprobar en todo caso. Pero él lo dice y también pienso que por algo será. Desde hace unos meses, y casi sin querer, no dejo de entrar y salir. Apenas tengo tiempo para estar en casa. Anoche me encontraba cansado. El miércoles llegué a casa más tarde que de costumbre, el jueves fue un día agotador -pero que todos los días sean iguales a éste, por lo menos iguales a su noche- y ayer, mientras estaba de fiesta con mis compañeros me di cuenta, pese a las risas escépticas de Encarni y Sonia, de que todas las canciones hablaban de mí. Tal vez será que esté de moda, que este sea mi año (algo efusivo, me digo, este pensamiento.) Lo que sí sé es que de pronto en mitad de una canción, mientras bailaba, cerré los ojos y me vi con mi bicicleta paseando por el campo entre la retama seca y bajo la luz del sol de los veranos. Era un día cálido. El viento me abría la camisa y los trinos de estos pájaros, los pájaros de esta mañana, me llevaban en volandas.

Ahora los tengo ahí guardados, el ajetreo de los pájaros, su trino, su algarabía, entre las sábanas. Y seguro que esta noche me llevarán a donde siempre he querido ir.

martes, 27 de enero de 2009

Ahora o nunca

(Relato a lo Bukowski)

Desde que había vuelto a aquella casa me acompañaban nuevas costumbres. Después de hacer el amor dejaba que el agua de la ducha discurriese por mi cuerpo -independientemente de la estación del año- fría. Además no me enjabonaba, me agradaba volver a la cama con ese olor del sexo aún latente en los pliegues profundos de mi piel.

Me acerqué a su lado y dejé caer mi albornoz mientras ella estaba pensativa entre las mantas. Los cristales tintados coloreaban nuestra piel con tonalidades rosáceas. Ya no éramos tan jóvenes. Y cuando dije ahora, dio la impresión de que ella aún recordaba los años en los que sí lo habíamos sido.

Busqué el abrigo de su cuerpo y acurruqué la cabeza en su vientre. Toqué sus piernas y luego acaricié su pubis que aún permanecía desnudo. Recordé entonces unos versos de Bukowski, que habían estado dormidos en mi cabeza durante años y que despertaban precisamente ahora como una flor bajo la lluvia, pensé.

Teníamos dinero suficiente, vivíamos desligados de obligaciones perentorias: nada de hijos, nada de animales domésticos, sólo unas pocas plantas en este mundo. Me sentí afortunado. Y volví a decir ahora o nunca, buscando su complicidad.

sábado, 24 de enero de 2009

Memoria del porvenir


La vida es un salón de pasos perdidos, un lugar donde hacemos tiempo mirando los horarios de los trenes o entretenidos simplemente en resolver los sudokus de los periódicos. Hoy no hace frío pero es invierno. El viento persiste en zarandear tu vida en un tiempo interino, en esta hora del duermevela a las nueve de la mañana de un día no laborable resguardado entre las sábanas.

Un rato más, te dices, un poco más en esta placidez. Tienes la boca seca. Has encendido la luz. Y luego has escuchado las voces de unos niños jugando, un sonido que se entremezcla con el del viento entre el cañaveral, entre los hilos de los tendederos que chocan unos contra otros. Diez y media de la mañana. Te has puesto a leer recostado sobre el almohadón blanco que huele a ti, solamente a ti.

No querrías hacer otra cosa. La mejor manera de pasar el tiempo. De pronto lo has sentido. Has mirado a tu lado, junto a la otra mesilla. Y has visto un cuerpo y cómo se desperezaba todo sonrisa, cómo se acercaba a ti, cómo apoyaba su cabeza en tu pecho y te frotaba levemente los hombros con su mano. Buenos días, tristeza, le has dicho.

Buenos días.

Y enseguida te has dado cuenta de que hoy era diferente, de que, pese a que quedaría mejor a tus intenciones poéticas, hoy no estás triste. No sabes quién es, pero sabes que te quiere, que tú también la habías querido mucho. Como esa anécdota sobre Dámaso Alonso, postrado, enfermo tal vez de alzhéimer. No sé quién eres, le dice a su mujer, pero sé que te he querido.

Así que reescribes el final de la entrada. Buenos días, porvenir, le has dicho.

Buenos días.

jueves, 22 de enero de 2009

El salón de los pasos perdidos se materializa


El miércoles que viene, el día 28, este blog se hará de carne y hueso. ¿Dónde? En el café del Archivo, a la espalda de la Biblioteca Regional (al final de la entrada tenéis un pequeño plano). José Luis Martínez Valero nos invita a Juan de Dios García y a mí a leer nuestros poemas dentro del ciclo que coordina. Será a las ocho de la tarde. La lectura estará arropada por los cuadros de Francisco Solana. Regalarán a los asistentes unas plaquets o cuadernos con los poemas de Juande y míos.

Llegado este momento los visitantes anónimos o no de este salón de los pasos perdidos podríais, tal y como va a suceder con este blog, materializaros, pero sólo si os place. A mí me gustaría, pero no siempre uno tiene lo que desea.

martes, 20 de enero de 2009

La hora de la guardia


Cuadro de Vilhem Hammershoi


Onda Regional. La radio se mueve (105.3 fm)
Miércoles, 21/01/09


Los martes tengo mi hora de guardia de biblioteca. Es una guardia muy fácil, porque los libros apenas se mueven, no molestan, salvo que los abras, entonces ya es otra cosa. Son guardias silenciosas las de los martes. Me bajo con mi ordenador -siempre se baja para ir a las bibliotecas, no sé si por alguna analogía con el Hades de los griegos- y hago cosas del instituto, que para eso, creo, me pagan. A veces miro de soslayo los anaqueles. Cuánto enemigo latente. Miro esos bosques de palabras verticales, árboles de pie azuzados por el viento de la curiosidad.

He estado en varias bibliotecas, quizás la que más me gustó fue la del Museo Británico, tan... redonda. No sé porqué, las biblitecas que más me gustan son redondas, como la de la UNED de Madrid, con unos círculos concéntricos en cada planta a los que se asoman los puestos de lectura. Un recuerdo especial guardo para la de Win Wenders y su Cielo sobre Berlín, con esos ángeles detrás de los lectores, atentos a los susurros que se escapa de sus labios, a sus palabras. Eso me recuerda, y hablando de bibliotecas no podría eludirlo, a Alberto Manguel y su Una historia de la lectura, otra biblioteca.

Y he llegado a la conclusión de que una biblioteca es un tema personal. Yo he empezado a ver la mía con otros ojos. Ahora que se avecina mudanza he empezado a considerar lo importante que se me ha vuelto este espacio. Tal vez le falte una conexión a internet para ser verdaderamente un lugar feliz, pero me gusta tal como es, tan sencilla con ese botín que he ido juntando durante tanto tiempo. Un espacio personal, mi biografía de estos años, quién he sido y quién podría haber sido.

Estos días me acucia esta idea. Tal vez por eso la deje tal y como está cuando me mude y siga mi camino ligero de equipaje, tal vez uno o dos libros, pero de esos que aún están por leer.

jueves, 15 de enero de 2009

La entrada que nunca escribiré

Imagen de Elena Pendas


Si ahora decidiera escribir esta entrada sería una entrada triste o al menos melancólica. Llevo días pensando en que no debería escribirla, que no debería escribir de ti ni de mí, tal vez ahora es demasiado tarde, ahora que tú y yo son cosas separadas, mirando esa foto, ese libro que te dejaste en la mesilla y que yo te había regalado con tanto capricho -en qué me vi de memorizar el nombre en francés del autor-.

No sé, llevo unos días pensando que dejo demasiado de mi vida por estas páginas, que no sé mentir, que todo es verdad o que todo es mentira.

Pero no voy a escribir esta entrada, llenaré de agua la bañera o abriré la ducha, agua caliente sobre mi piel, vapor, niebla de los sentidos.